Follow by Email

miércoles, 11 de enero de 2012

Delirious New York

Llegar a Nueva York en barco desde la vieja Europa debe de ser un festín para los ojos y la mejor de las recompensas después de una larga travesía de horizontes tan abiertamente planos. Una recompensa, por lo demás, muy cinematográfica, de lo más americana.

Flatiron, 1902
Yo, sin embargo, tuve que conformarme con hacerlo en avión, pues no disponía de más de una semana. Y en vez de encontrarme a cámara lenta con la costa de Jersey y el puente de Bayonne y la Estatua de la Libertad y las gaviotas planeadoras sobre las herrumbres de los gastados espigones me topé, de pronto, con un inquisitivo agente de aduanas (How long you plan to stay in America?) en una alborotada y plebeya terminal de aeropuerto en la que tuve que dejar impresas mis huellas dactilares, ¡de los diez dedos!
Decía Ambroise Vollard, que gozó del privilegio de poder avistarla desde el mar, que nunca olvidaría el espectáculo impresionante que la ciudad le ofreció cuando antes de desembarcar en el muelle parecía que iba "pasando revista a todos esos enormes cubos de piedra que evocan una actividad de gigantes". Y así es: Nueva York es una ciudad de gigantes, un esfuerzo sólo apto para titanes. En 1936, justo cuando Vollard arribó a la nueva capital del mundo, la fiebre constructora de las prodigiosas dos décadas anteriores había dado ya lo mejor de sus frutos, desde el legendario edificio Flatiron de Daniel H. Burnham & Co. (1902) o la enorme mole neogótica del Woolworth de Cass Gilbert (1913) al non plus ultra del Art Déco en vertical de la torre Chrysler, proyectada por Van Alen (1930), y el no menos mítico Empire State de Shreve, Lamb y Harmon, acabado en plena depresión económica, lo que hizo que centenares de sus carísimos metros cuadrados de oficinas y despachos permanecieran vacíos durante años y años.
Chysler, 1930
El mismo Vollard, atraído por la fascinación del edificio, le pidió a su guía que lo acompañara hasta lo más alto. Un poco amedrentado por la altura del coloso le preguntó, "¿cuánto tiempo se necesita para subir hasta arriba?" "Un segundo por piso -le constestó su guía- Pero dicen los ingenieros que en el futuro se reducirá aun más". Y añadió no sin cierta perfidia: "el otro día se le paralizó el corazón a un señor mientras subía". Como Vollard, en pleno sobresalto pero ya dentro del ascensor, no pudo evitar  pedirle una aclaración al respecto, el guía le espetó como si tal cosa: "cuando a uno se le paraliza el corazón, se muere uno, caballero".
Yo, que ya subí sus ochenta y dos pisos (tiene más, pero preferí parar aquí) en bastante menos que en ochenta y dos segundos, no recuerdo ni la más leve arritmia cardíaca pero sí una inmensa contrariedad al reparar en lo nublado del día y en lo distraído que anduve a la hora de elegir el mejor momento para subir y disfrutar de unas vistas que, de haber estado despejado, me hubiesen ofrecido una impresión probablemente definitiva de una ciudad única.
Eso sí, al menos ese invierno vi cómo la nieve caía durante todo un día en Nueva York.
San Remo Apartments, 1930

No hay comentarios:

Publicar un comentario