miércoles, 16 de enero de 2019

Breviario de la Montaña. Irene Sánchez Moreno.


Breviario de la montaña

“Y los hombres continúan admirando las altas montañas y las amplias mareas del mar, y los impetuosos torrentes que se precipitan bramando, y el océano y las estrellas en órbita; y mientras lo hacen se olvidan de sí mismos”.
                                                                                                           Confesiones, San Agustín.



Cuando por fin liberan de sus cadenas al insurrecto prisionero de Chillon, cantado por Byron, su primer impulso es trepar por el muro de su celda para asomarse a la luz y ver el paisaje[1]. Estamos a principios del siglo XIX y el poema se hace eco de un sentimiento que, a esas alturas, ya se había extendido entre las clases dominantes y las élites culturales de la Europa del norte: el disfrute del paisaje como símbolo de libertad y expresión de una realidad más allá de las cotidianas servidumbres sociales. Wanderlust lo llaman los alemanes, término que bien podría traducirse como pasión por salir a caminar o hacer senderismo en espacios naturales. “Todo lo que deseaba alcanzar –nos dice el prisionero- era el resalte de la ventana para poder ver, por lo menos una vez, entre rejas, las montañas y saludar con la mirada las majestuosas cimas (…) Las vi, eran las mismas, su aspecto no había cambiado como había cambiado yo. Vi en sus laderas las nieves perpetuas y a sus pies el lago inmenso, vi también el Ródano azul de vertiginosa corriente (…) En aquel momento mis ojos se llenaron de lágrimas. Sentí una gran turbación.”
Además del consabido canto a la libertad y a la exaltación del yo, tan caros a Byron, El prisionero de Chillon enfatiza otro de los rasgos distintivos del romanticismo como es la nueva y apasionada disposición anímica ante la presencia de lo natural, especialmente de lo natural indómito y salvaje. No hace falta subrayar el carácter alegórico del poema byroniano en virtud del cual al paisaje alpino se le otorga un poder consolatorio capaz de aliviar los quebrantos de la condena. Los hombres son causa de prisión y dolor, la montaña representa, en cambio, la libertad e impulsa la proyección del espíritu hacia regiones casi metafísicas.
Aunque no está en nuestro ánimo hacer ahora la genealogía del paisaje como género artístico más o menos autónomo, sí nos gustaría recordar unas pocas evidencias. En primer lugar, que la visión moderna del paisaje en Occidente –no solo desde el punto de vista pictórico sino también literario y científico- empezó a fraguarse en la segunda mitad del siglo XVIII[2]. Nótese que hablamos de “la visión moderna” ligada, sin remedio, al surgimiento y desarrollo de la Revolución Industrial y a la consecuente necesidad de auxilio y aislamiento en la naturaleza por parte del hombre sensible y, asimismo, afectada por la violenta sacudida política que supuso el final del Antiguo Régimen. Pintores  como Poussin o Claudio de Lorena, ambos de fina sensibilidad paisajística pero necesaria y absolutamente ajenos -por cultura y siglo- a lo que Shelley llamó “la era de la desesperación”[3], encontrarán en la naturaleza el sereno escenario donde ubicar asuntos tratados en la Biblia o la mitología, siempre cercanos a lo pastoril y a la idealización nostálgica de un mundo ido. Son los suyos paisajes imaginados o, a lo sumo, reelaboraciones muy conceptualizadas de lo que entendían por “clasicidad”. Representantes insignes, en definitiva, de la visión “clásica” del paisaje que en Italia encuentra en el taller de los hermanos Carracci su principal fuente de inspiración[4].
La visión moderna del paisaje, al menos en un primer momento, está mediatizada por los sucesivos descubrimientos y avances de carácter técnico y científico que hicieron posible la primera Revolución Industrial, siendo el preliminar de todos ellos los experimentos ópticos de Newton (todavía en el siglo XVII), soporte para su fundamental estudio sobre la luz y la refracción del color, de importantes consecuencias prácticas para los pintores y punto de partida para la posterior Teoría de los colores de Goethe, publicada en 1810. Así, es natural que fuera en Inglaterra donde se inaugurara la nueva manera de interpretar el paisaje. Pintores como Joseph Wright de Derby, William Day y, en menor medida, Paul Sandby –excelente acuarelista- se atreven a insertar en el medio natural motivos como altos hornos, fábricas y fundiciones de hierro. Fundición de hierro vista desde el exterior, (1773) o Fábrica de algodón de noche, (1783), ambas de Wright de Derby, son obras paradigmáticas en tal sentido y vienen a confirmar un cambio de mentalidad gracias al cual el deseo de instruir y concienciar empieza a reemplazar al deseo de agradar, tan característico de la visión clásica del paisaje. Pero todavía de consecuencias pictóricas más profundas será la aportación metodológica de un paisajista como Alexander Cozens para quien la mancha fortuita (“blot”) es el principio de toda creación[5]. De su verdaderamente novedoso método (1785) se deduce que el pintor, por medio del  pincel, antes que definir o describir debe tratar el color como “materia autónoma”, eficaz arranque del proceso de creación. De tal modo que el blotting  engendraría “formas generales, sin sentido” pero capaces de evocar en el espectador las pertinentes asociaciones con los objetos. El pintor propiciaría así “significado y coherencia” a esas manchas que aun no son formas. Un trabajo plástico que ya no estaría basado en la línea sino en los contrastes cromáticos de claros y oscuros. El color para Cozens (y para la posterior escuela de dibujo del Doctor Thomas Munro) no tiene, por tanto, por qué obedecer al mundo de las apariencias sino que puede tomarse la libertad de adquirir “vida propia” lo que, en última instancia, permitirá al pintor poder liberarse de las ataduras del ilusionismo y la reproducción[6]. Como veremos más tarde, las consecuencias de esta manera de operar, en absoluto original pues pintores tan principales como Velázquez, Goya o el último Tiziano la practicaron quizá de un modo menos normativo, abrieron, no obstante, un productivo modus operandi en la inmediatamente posterior pintura romántica de paisaje que, pocas décadas después, recorrerían, primero, los paisajistas de Barbizon y, algo más tarde, los llamados pintores impresionistas. Con el tiempo, esas manchas impremeditadas de color que agrupadas terminan por dotar al paisaje de “significado y coherencia” se convertirán en uno de los más convincentes y extendidos procedimientos de la pintura contemporánea al que, por cierto, una pintora como Irene Sánchez Moreno, paisajista nata muy consciente de su tradición, no es ajena en absoluto. Modelando forma y figura mediante manchas de color, su paisajismo alpino de altos relieves y sombrías oquedades, alcanza un singular grado de expresividad -“vida propia” que diría Cozens- sin apenas boceto previo, pintado alla prima, con la seguridad y la destreza que solo un ojo bien educado y una mano reiteradamente entrenada en el arte de componer son capaces de captar y transcribir.

A. Cozens, paisaje de montaña con hondonada, c. 1770
    En segundo lugar, convendría no perder de vista que la visión moderna del paisaje cristalizó en plena fiebre del movimiento romántico, lo que explicaría el cambio de paradigma con respecto a la tradición neoclásica abrumadoramente activa hasta finales del siglo XVIII y primeros años del siguiente y, ya a esas alturas, epílogo almidonado de lo que hemos dado en llamar “clasicidad”. Esta inevitable ruptura con la tradición cultural y artística, así como el decidido posicionamiento de la mayor parte de los intelectuales y artistas (el significado actual de “artista” se acuñó en el Romanticismo) en contra de los excesos de la Ilustración (al fin y al cabo despótica, por muy ilustrada que se dijera) van a llevar, también a los pintores, a tomar distancias con respecto a los principales signos distintivos del pensamiento ilustrado: el orden racional como principio filosófico que organiza la sociedad y la ciudad como lugar ideal donde escenificar y humanizar ese orden. Del mismo modo que para cualquier escritor romántico las “racionales” unidades aristotélicas suponían una clara amenaza para la libertad creativa también para el pintor romántico la ciudad, el palacio, el jardín o, incluso, el paisaje intervenido o el periurbano (típico de la clasicidad y cuyo eco llega hasta un pintor como Goya) son escenarios artificiales que no satisfacen su ansia de libertad y su necesidad de disconformidad y rebeldía. La naturaleza adoptará, pues, sus formas más agrestes y bravías y el pintor romántico preferirá representarla más como un contemptus mundi (desprecio del mundo) que como un locus amoenus. En el fondo, late un profundo malestar –y el consecuente distanciamiento- con respecto al odioso Leviatán del que hablara Hobbes[7]. También, en una parte sustantiva de la pintura romántica de paisaje, detectamos el inevitable ascendiente del mito del “buen salvaje” en su estado natural frente a la corrupción intrínseca del hombre civilizado que se infiltra, sin remedio, en las distintas y cada vez más invasivas instituciones sociales. En este sentido, y como vía de escape, la llamada de la montaña posee una doble virtualidad, de tal forma que puede interpretarse como revulsivo temático de carácter estético y, asimismo, como elección de un nuevo estilo de vida alejado de las servidumbres de la civilización. Es evidente que la montaña como asunto pictórico tiene unas derivadas propias que la distinguen e individualizan dentro del amplio marco de la pintura de paisaje. Si el paisaje para la sensibilidad romántica “es un estado de conciencia” como afirmara Byron[8] (y en nuestra literatura hispana repitiera Unamuno) la montaña, como hito sobresaliente de ese mismo paisaje, es el epítome sublime de las inquietudes del alma.

Tenemos que esperar hasta la segunda mitad del siglo XVIII para descubrir ese fermento que propiciará el surgimiento y desarrollo de la visión moderna del paisaje de montaña en la obra de un pintor –naturalmente suizo, al igual que Rousseau- como Caspar Wolf[9]. Pionero indiscutible de la pintura alpina y precursor de lo que luego se conocerá como “paisaje romántico” Wolf se atrevió a explorar, junto con su amigo el editor Abraham Wagner, el montañoso interior de su país para producir una serie de bocetos al óleo sobre papel que le sirvieron de base para sus posteriores lienzos, pintados ya en su estudio de Berna. Posteriormente, tomó la insólita decisión de transportarlos hasta los mismos valles y escarpaduras para poder corregirlos frente al motivo directo. Influido, primero, por la Ilustración y más tarde por el movimiento Sturm und Drang [10] Wolf fue el primero en reflejar con precisión el nuevo sentimiento por la naturaleza que no veía ya los Alpes como un escenario siniestro lleno de peligros sino más bien como una creación sublime que ejercía en la sensibilidad humana un impacto positivo. Detrás de él vendría una pléyade de pintores centroeuropeos, pero también británicos, que, sobre todo, durante las dos últimas décadas del siglo XVIII y primera mitad del XIX seguirá sus pasos a través de los valles, gargantas, cumbres y glaciares de los Alpes y, en menor medida, de la cordillera pirenaica. De esa proliferación de nombres destacamos, por su calidad y valores artísticos, a los también suizos François Diday, Alexandre Calame o Robert Zünd, a los franceses Joseph Vernet (a caballo todavía entre la idealización rococó y los primeros atisbos románticos), Gabriel Loppé (virtuoso del hielo glaciar) y a Viollet-le-Duc (además de insigne arquitecto, excelente acuarelista de alta montaña), a los austriacos Joseph Anton Koch, Ferdinand G. Waldmüller y a los hermanos Jakob y Rudolf von Alt (abanderados del estilo Biedermeier), a los prusianos Friedrich (el más espiritual de todos ellos), Wilhelm Schirner y Johann W. Schirner (sin parentesco alguno a pesar de poseer el mismo apellido)o Ludwig Richter (el más popular de todos ellos en su época). Por lo que se refiere a los paisajistas de montaña británicos, además del mencionado Alexander Cozens y de su hijo J.R. Cozens, merecen ser citados los acuarelistas Francis Towne, ferviente admirador no solo de los Alpes sino del Distrito de los Lagos, al nordeste de su país de origen, y John Ruskin, el más influyente crítico de arte de la era victoriana, fundador de una nueva poética del paisaje que llegó asimismo a volcar en una serie de inspiradas acuarelas y dibujos. Mención aparte exige el caso de Turner, por su estilo y técnica innovadores. Buen conocedor de los paisajes alpinos (cordillera que visitó en, al menos, seis ocasiones que estén documentadas, alguna de ellas en compañía de su amigo Ruskin) sus composiciones presentan a menudo una factura tan atrevida, así en su composición como en el manejo de los efectos de luz y movimiento, que lo distinguen del resto de pintores románticos y lo convierten en un precursor de movimientos artísticos posteriores. Maestro en el arte de hacer dinámico en el lienzo o el papel lo que de dinámico hay en la naturaleza (sus efectos de tormenta y aludes son canónicos en este sentido) Turner representa un verdadero salto creativo en la historia de la pintura de paisaje del siglo XIX. 
John Brett, cercano al grupo prerrafaelita, y pintores como el bávaro Hans Thoma o el suizo Ferdinand Hodler, artistas más cercanos a un realismo sublimado que termina por dar la puntilla a la retórica romántica, siguen, no obstante, encontrando en el paisaje de montaña un motivo que puede ir más allá de la mera representación exaltada de la naturaleza hasta convertirse en auténtica proyección metafórica de profundas inquietudes personales. El caso de Hodler es particularmente pertinente como eslabón que conecta su inmediata tradición romántica con los procedimientos y recursos expresivos de nuestra contemporaneidad. De hecho, puede rastrearse su eco (en concreto, la serie de grandiosas vistas del macizo de Jungfrau, ya en la última década de su vida) en el conjunto de obras que Sánchez Moreno nos presenta en esta exposición, en especial, en los paisajes de gran formato, aunque no solo. Piezas como “Descenso”, “Hueco” o “Runruneo”, entre otras, coinciden en la voluntad de subrayar el contenido dramático y expresivo de la pintura evitando toda anécdota o tentación pintoresca. Volveremos a tratar este punto un poco más adelante.
Y por último, en tercer lugar, una constatación, no por bien conocida siempre tenida en cuenta: en España la pintura alpina empieza a practicarse algo así como medio siglo más tarde que en el resto de los principales países de Europa y su embajador va a ser precisamente un extranjero, el pintor belga Carlos de Haes. Si bien es verdad que la cátedra para la enseñanza del paisaje que crea la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en 1844 supondrá un primer empeño por dotar de prestigio institucional a un género pictórico hasta el momento bastante desatendido en nuestro país, el verdadero impulso y el real acercamiento a la montaña se producirán con la llegada a la mencionada cátedra de Carlos de Haes (1857), artista para el que la sierra y el campo llegarán a ser su otro estudio y su otra aula. Sus célebres panoramas de los Picos de Europa y montes de Asturias así como sus vistas de los desfiladeros y cañones del río Mesa en Aragón (fechados todos ellos en los primeros años setenta del siglo XIX) inauguran en España unas formas de hacer del natural que, unos años más tarde, a través del trabajo de dos de sus principales discípulos, Aureliano de Beruete y Jaime Morera, sentarán las bases metodológicas para toda una generación de paisajistas de montaña, integrantes de lo que se conocerá como Escuela de Madrid, tan vinculada a la sierra de Guadarrama.  Paisajistas de la categoría de A. Muñoz Degrain, Juan Espina, Darío de Regoyos o el mismo Joaquín Sorolla subieron en repetidas ocasiones a la sierra –lienzo y caballete portátil al hombro- para practicar la pintura “au plein air” y ofrecer una visión moderna de la montaña desde la montaña. Ejercicio que habría que enmarcar dentro de una corriente cultural de carácter más inclusivo –el espíritu guadarramista- que abarcaba no solo la pintura sino también ámbitos tan diversos como la ciencia, la literatura, la filosofía y hasta el montañismo. Así, podría decirse que la generación de pintores guadarramistas alpiniza esta sierra madrileña al considerarla como paraje agreste de roca y nevero, acercándola claramente al modelo artístico de los Alpes y sus nevadas cumbres que tanto juego dio a la rama más dinámica e innovadora de la pintura centroeuropea de paisaje del siglo XIX. 


Carlos de Haes, La canal de Mancorbo, 1876


Y no solo ocurriría en Guadarrama. Sorolla, sin ir más lejos, plasmó sus impresiones de Sierra Nevada y lo hizo en repetidas ocasiones, entre 1909 y 1917. Pintadas la mayoría desde los Adarves, dentro del recinto de la Alhambra, son visiones algo lejanas de la sierra, como era habitual tratarla en aquella época: desde la distancia. Almudena Hernández de la Torre, en su estudio sobre Sorolla y la sierra granadina,[11] nos recuerda que Sierra Nevada fue un lugar frecuentado por distintos pintores, desde Doré hasta contemporáneos de Sorolla como los ya mencionados Beruete, Regoyos o Muñoz Degrain y que en todos ellos causó profunda impresión.
Para I.S.M. Sierra Nevada, precisamente, se erige como su telón de fondo vital; una presencia tutelar, fija y mudable a la vez, que en su persistente cotidianidad logra fijarse como teatro, como patrón o modelo de su particular y potente imaginario alpino. Y no significa esto necesariamente que sean las altas cumbres de la penibética granadina las que aparezcan reflejadas en sus lienzos. Sierra Nevada no es sino base y razón para el despliegue de una naturaleza trascendida, ampliada, simplificada y, en suma, despojada de todo elemento insignificante.  Así, esta última individual de la artista adquiere también una cierta condición de epítome –ya apuntada, por lo demás, en el connotativo título Breviario de la montaña, tan abierto de resonancias- pues como breviario o compendio de lo que para la autora significa el mundo de la montaña ha sido concebida. Un mundo simbólico –Irene no es pintora del natural sino de conceptos- donde la pequeñez y fragilidad del hombre quedan subrayadas por la magnitud sobrecogedora y olímpica indiferencia de una naturaleza que se nos presenta como territorio indómito e inabordable.
A diferencia de las pinturas de tradición romántica y realista, inclinada la primera a una cierta proyección del yo subjetivo en el paisaje representado e interesada la segunda en la captación objetiva de un espacio y un tiempo concretos –y ambas, seducidas a menudo por el encanto superficial de un inevitable costumbrismo-, el paisajismo de nuestra pintora es de naturaleza bien distinta y obedece a otros propósitos. Para empezar, habría que dejar bien claro que I.S.M. no es una pintora topográfica, no está interesada como artista en la mera descripción física de un accidente geográfico por muy pintoresco o singular que pueda parecer al ojo. Quizá por eso no necesita pisar la tierra que pinta y la elección de la fotografía como arranque creativo sea, en cambio, un instrumento tanto o más adecuado. De este modo consigue que sea indiferente que la inspiración provenga del visionado fotográfico de una cordillera de los andes chilenos o de una hendidura de roca de las Montañas Azules de Australia, por poner por caso. Ya hemos dicho de ella que es pintora de conceptos y símbolos antes que de excursiones y experiencias in situ. Como gran paisajista de inventiva que es, su afán no se concentra en la reproducción de los hechos materiales sino más bien en la expresión de una verdad más profunda, íntimamente ligada al concepto de misterio y cercana al sentimiento numinoso. Su visión de la naturaleza apela, al mismo tiempo, a la razón y al sentimiento y aspira a transcribir una emoción, a veces insondable. “Reproducimos lo que amamos: la emoción es una de las primeras causas que determinan a un pintor a hacer una obra” decía Hodler[12]. En los parajes alpestres de I.S.M. se adivina una inclinación –una devoción, diría yo- por el carácter inmutable de la naturaleza y su condición de enigma frente a lo transitorio y efímero que distingue a la condición humana. Así deberían entenderse, en mi opinión, los contados signos antrópicos que en su paisajismo aparecen.
Descartados los personajes -que solo consiguen debilitar la hondura del efecto emocional- la magnificencia del paisajismo montuoso de Sánchez Moreno se ve confrontada con la ocasional aparición de la cabaña o la tienda de campaña –huellas inequívocas de la presencia humana- que añaden, si cabe, aun mayor dramatismo a la composición. Refugios frágiles, a todas luces incapaces de proteger del rigor del viento helado o de la violenta sacudida de un alud o de un volcán. Metonimias, en fin, de la pequeñez y extrema vulnerabilidad del hombre frente a la grandeza y aterradora magnitud de la montaña. Huellas efímeras del paso del hombre por entre la inmensidad de un territorio absolutamente ajeno a su suerte y sus afanes. El carácter inmutable de la naturaleza queda así eficazmente confrontado al carácter transitorio de lo humano. Llegados a este punto se hace inevitable tratar la controvertida y un tanto enojosa cuestión de lo sublime. Al menos, en forma de breve apunte[13]


Irene Sánchez Moreno, Combate, 2018


Nos recordaba Ruskin que el sentimiento de lo sublime depende del sujeto que lo siente y no del objeto que lo contiene. Y puntualizaba su afirmación añadiendo que “en un paisaje no hay nada que comprender, se nos presenta vacío de razón”.[14] Es la piadosa o estremecida mirada del artista la que puede trocar el valle nevado, el pico en lontananza o la oscura roca vertical en demiurgos o espíritus activos, otorgándoles una dimensión trascendente y cargándolos de significado. Pero esto que Ruskin llamó “falacia patética” no tiene por qué estar, en sentido estricto, relacionado con lo sublime. Si bien es cierto que la visión de una montaña sugiere de inmediato una suerte de exaltación, probablemente por su dimensión heroica y enigmático origen, no necesariamente entraña un efecto destructivo o tan siquiera desestabilizador en el ánimo de quien la ve. Lo sublime –dice Longino- “sugiere el terror”[15] y aunque él circunscribió el concepto dentro del exclusivo ámbito de la crítica literaria, de sus palabras se deduce que lo sublime podría identificarse con el puro caos y la furia por destruir el orden que impone la belleza. Tendremos que esperar hasta el siglo XVIII para volver a ver circular el concepto entre nosotros, primero en Gran Bretaña y algo más tarde en Alemania. Burke publica su Indagación filosófica… (nota 12) en 1756 y pese a coincidir el libro con la era de la Ilustración más bien parece presagiar la llegada del Romanticismo pues fue entonces cuando lo sublime comenzó a rivalizar con el concepto de lo bello. En resumen, lo que Burke hizo fue clarificar la dicotomía entre lo sublime y lo bello. Para él la clave vuelve a estar en la impresión de terror. “El terror es (…) el principio dominante de lo sublime” afirma.[16] Si la belleza está, por decirlo de algún modo, dentro de la zona emocionalmente cómoda, lo sublime, en cambio, se encuentra siempre fuera de dicha zona, amenazando nuestra seguridad. En el estudio de Burke una de las causas de terror es el enfrentamiento a la inmensidad y a todo aquello que escapa, por exceso, de la escala humana. Y no hablamos solo de un problema de tamaño sino asimismo de discernimiento y perceptibilidad. “La infinitud tiende a llenar la mente con esa suerte de delicioso horror que es el signo más genuino y la verdadera prueba de lo sublime”[17] o “la grandeza de dimensión actúa como poderosa causa de lo sublime”[18] son afirmaciones que vuelven a confirmarnos que para Burke lo sublime es algo así como estar solo y aterrado en un lugar inmenso, desconocido y silencioso.
Para Kant, sin embargo, lo sublime es otra cosa. En sus célebres Observaciones  (nota 12) pero sobre todo en el segundo libro de la primera parte de su Crítica del Juicio (1790) el filósofo alemán parece querer desactivar el terror por el procedimiento de ampliar el significado de sublimidad. Es él quien desplazará el fundamento de lo sublime a la subjetividad, que luego repetirá Ruskin. No es, por tanto, de extrañar que como sentimiento al que se accede, lo sublime pueda ser originado, para Kant, por cualquier tipo de experiencia y ya no necesariamente por la visión de una cumbre montañosa o una brecha precipitándose en el vacío. En el fondo, se trata de ¿qué hacer con la razón? En los acotados límites de ésta no hay cabida para el carácter ignoto de lo sublime. Lo sublime, tal y como lo entendían Longino y el propio Burke, hace imposible el razonamiento porque todo razonamiento implica unos límites y lo sublime, por definición, no conoce la existencia de límite alguno.
Vistas así las cosas, creemos que el paisajismo de alta montaña que practica I.S.M. más que en el ámbito de lo sublime habría que situarlo en el entorno de lo emocional, sostenido por una reflexiva subjetividad rayana en ocasiones con la frontera de lo espiritual. No hay impresión de terror ni exposición temeraria a lo infinito en sus paisajes alpinos pero sí, en cambio, un asombro casi fascinado ante una realidad que nos supera y nos invita a meditar sobre lo que hemos perdido. La naturaleza áspera y agreste de sus cuadros encierra una lección: ante ella no somos más que brizna al viento, un guijarro arrastrado por las aguas del deshielo, una endeble tienda de campaña en una noche de tormenta. En todo caso, palpita un profundo sentimiento de respeto por la naturaleza aun intocada a causa, quizá, de la distancia abrumadora que media entre la montaña y las aspiraciones humanas, entre la imperturbabilidad silente de la roca y la fragorosa y tantas veces inútil actividad del hombre en el mundo.
Hay algo numinoso en estos cuadros. Pintados como en arrebato, en certeras pinceladas expresivas, con la fuerza y la premura de la emoción primera, con tan solo unos pocos colores necesarios –azules de Prusia y ultramar, rojo, amarillo, algún ocre, además de negros y blancos- y el juste aporte de materia, logran transportarnos a una región de escarpes, montañas, simas y cavernas, muy lejos del mundo conocido, a una región donde el silencio y el vacío –dos de los principales medios de expresión de lo numinoso[19]- se concilian para alejar nuestra conciencia del aquí y el ahora. Porque de eso se trata. I.S.M. practica en sus cuadros un ejercicio espiritual de extraversión. Breviario de la montaña no es un título inocente y como un libro de rezos, en efecto, deberíamos intentar leer también esta exposición. Uno a uno, estos paisajes de altos silencios y hondos vacíos, exigentes y propensos al sacrificio y el extravío, nos enfrentan paradójicamente a nuestra propia soledad. Al fin y al cabo la montaña es un mundo sin habitantes, el mundo ideal para olvidarse de uno mismo. Contemplar montañas -¡cuánto más pintarlas!- es, en la práctica, olvidarse de sí mismo. Como nos recuerda François Cheng en su libro Vacío y plenitud[20] “quien alcanza su virtud originaria se identifica (…) con el vacío”. En la cumbre de una montaña nada hay excepto soledad y vacío pero alcanzarla entraña una suerte de interiorización plena. Ese encuentro con la soledad y el vacío (exteriores e interiores) nos conduce al desprendimiento de todo lo accesorio, de todo aquello que ni nos socorre ni nos refuerza. Cuando Petrarca alcanzó la cima del Monte Ventoso (Mont Ventoux) nos cuenta que abrió el ejemplar de las Confesiones de San Agustín que llevaba consigo y leyó al azar un párrafo (precisamente la cita inaugural de este texto)[21]; su lectura le aborrascó el ánimo, hasta entonces ligero, y no volvió a decir palabra en muchas horas. San Agustín desaprobaba la contemplación de las montañas por ser causa de distracción espiritual y recordaba que es únicamente en el interior del hombre donde habita la verdad. No sabemos si San Agustín subió en su vida alguna montaña o si acostumbraba a deleitarse en la contemplación de las mismas –aunque por lo leído no parece que estuviera entre sus principales aficiones- pero estamos convencidos de que Petrarca se equivocó de autor y libro en su ascensión.

Irene S. Moreno, Mural, obra específica, 2018

Todos los que alguna vez hemos vivido la radical experiencia de estar solos en la inmensidad de una montaña sabemos que de ella se regresa con la conciencia más clara de nuestros propios límites. No hay nada mejor para conocerse de veras que medirse con lo desconocido. Arriba, en la cima, si el viento es favorable y llevas fino el oído, a veces se escucha el “divinum silentium”, que tantas cosas explica. Irene parece haberlo oído.



                                                                                     Francisco L. González-Camaño



[14] Ruskin, John, Los Pintores Modernos. El Paisaje, Valencia, Prometeo, 1913, p. 8.
[15] Demetrio, Sobre el estilo; Longino, Sobre lo sublime, Madrid, Gredos, 1996, p. 163.
[16] Burke, Edmund, Indagación filosófica sobre el origen de nuestras ideas de lo Sublime y de lo Bello, Madrid, Tecnos, 1997, p. 48.
[17] Burke, E., op. cit., 1997, p. 54.
[18] Burke, E., op. cit., 1997, p. 53.
[19] Para la correcta comprensión del concepto de lo numinoso remito al lector al célebre libro de Rudolf Otto Lo Santo. Lo racional y lo irracional en la idea de Dios, Madrid, Alianza Editorial, 1980.
[20] Cheng, F., Vacío y plenitud, Madrid, Siruela, 2010.
[21] Petrarca, F., Subida al Monte Ventoso, Palma de Mallorca, José J. de Olañeta editor, 2011. 



[11] Hernández de la Torre, A., Sorolla y Sierra Nevada, folleto publicado con ocasión de su conferencia en el Museo Sorolla, Madrid, 2011.
[12] Hodler, Ferdinand, La misión del artista, Palma de Mallorca, José J. de Olañeta editor, 2009, p. 9.
[13] Remito al lector interesado a las dos obras clásicas en este sentido: Indagación filosófica sobre el origen de nuestras ideas de lo Sublime y de lo Bello de Edmund Burke, publicada en 1756 y Observaciones sobre el sentimiento de lo Bello y lo Sublime de Kant, 1764. Sin embargo, la primera obra de la cultura occidental sobre este tema es el célebre tratado Sobre lo sublime del Pseudo-Longino, hacia el siglo I d. C., del que hay edición castellana en la editorial Gredos, Madrid, 1996. Para una relectura de lo sublime desde una óptica contemporánea quizá el libro más interesante sea el de Jeremy Gilbert-Rolfe, Beauty and the Contemporary Sublime, Allworth Press, New York, 1999.



[7] Leviatán o la materia, forma y poder de una república eclesiástica y civil, popularmente conocida como Leviatán, es la obra más representativa de Hobbes. Con tal título hace referencia al temible monstruo bíblico para explicar y justificar la existencia de un estado absolutista que somete y oprime a sus ciudadanos.
[8] De la cita de Byron se hace eco Julio López en su obra La música de la modernidad: de Beethoven a Xenakis, editada por Antrophos en 1984, p. 42.
[9] No es esta la ocasión para detenernos en la interesantísima obra de este pintor del que ya hablara Füssli, pero aun así creemos necesario destacar su ciclo de pinturas de 1773 a 1779, resultado de sus sucesivas incursiones en los Alpes, que representa un punto de inflexión en la historia de la pintura de paisaje alpino del siglo XVIII.
[10] Corriente estética y cultural alemana de finales del siglo XVIII que al oponerse a los principios racionalistas de la Ilustración anunció la llegada del Romanticismo. Entre los promotores de este movimiento destacan Herder y, sobre todo, su discípulo Goethe. 


[5] Cozens, Alexander, A new method of assisting the invention in drawing original compositions of landscape (1785), ed. facsímil, London, Paddington Press, 1977.
[6] Sobre el método de Cozens y su influencia en la escuela del Doctor Thomas Munro recomendamos la lectura del texto de Werner Hofmann Las partes y el todo incluido en el catálogo de la exposición La abstracción del paisaje. Del romanticismo nórdico al expresionismo abstracto que la Fundación Juan March organizó en su sede madrileña en 2007.



[1] Byron, George Gordon, The prisoner of Chillon and other poems, London, J Murray printed, 1816. El poema, escrito en primera persona como monólogo del sacerdote François Bonivard, nos relata las experiencias de encarcelado que este religioso sufrió durante 6 años en el castillo de Chillon por haberse atrevido a expresar sus ideales democráticos enraizados en su fe religiosa. Byron lo escribió después de haber visitado junto a su amigo Shelley el cantón suizo de Ginebra.
[2] Recuérdense, en este sentido, dos obras seminales como son La Julie ou la Nouvelle Héloïse de Jean-Jacques Rousseau (1761), una de las cumbres de la novelística sentimental dieciochesca que aúna la pasión amorosa de los dos amantes, y su inevitable lucha con la razón, con una intensa comunión espiritual con la naturaleza, representada por la  imponente visión de los Alpes suizos y, por otra parte, el libro de Alexander von Humboldt, Vistas de las cordilleras y monumentos de los pueblos indígenas de América (1810), continuación de sus Cuadros de la Naturaleza, publicado dos años antes. Verdaderos manifiestos paisajísticos en los que las montañas empiezan a cobrar una fuerte y distintiva personalidad. En el caso de Humboldt, el viaje a la América española que lleva a cabo junto al botánico francés Aimé Bonpland (1799-1804) fue definitivo tanto para sus estudios como para su filosofía del paisaje.


[3] Shelley, en el prólogo a su libro La rebelión del Islam (1817), analizó con gran agudeza algunas de las causas que produjeron en el ánimo de la intelectualidad británica una fuerte decepción con respecto al entusiasmo inicial con los que fueron recibidos los cambios originados por las revoluciones industrial y francesa. Acerca de los años que siguieron a ambas llega a decir: “Paréceme que aquellos que ahora viven han sobrevivido a una era de desesperación.” 
[4] Son, en este sentido, canónicos los lunetos de la capilla Aldobrandini y, especialmente, el dedicado a la huída a Egipto (1602-1604), de mano exclusiva de Annibale Carracci. En los cinco restantes participaron pintores de su taller (la famosa Accademia degli Incamminati) como Francesco Albani, Giovanni Lanfranco o Sisto Badalocchio. 

lunes, 7 de enero de 2019

La Joven del Sombrero Rojo. Vermeer.






Óleo sobre tabla,  1665 circa
 

Con el rostro girado hacia nosotros, un brillo en los labios ligeramente entreabiertos y la mirada iluminada por la curiosidad “la joven del sombrero rojo” es una de las obras más subyugantes e inclasificables de Vermeer.  Ataviada con un suntuoso vestido azul que recuerda vagamente a un kimono (Japansche Rok, el último grito en el vestir femenino de la segunda mitad del siglo XVII en los Países Bajos) complementado por el rojo carmesí del protuberante sombrero, la joven parece como pillada por sorpresa sin apenas tiempo para levantar el brazo que aun descansa en el respaldo de la silla. Y es en ese gesto repentino donde se nos revela la sutil inteligencia del artista que consigue así involucrarnos en la escena de modo tan directo que termina por atraernos al mismo espacio privado que ocupa la muchacha. Y, sin embargo, por más que parezca que se nos facilita un contacto con ella –observen el primer plano elaboradamente desprevenido y, en verdad, protofotográfico- el pintor la retrata de un modo que nos veda el acceso a sus verdaderos pensamientos, cuánto más a cualquier dato de su vida. El encuadre, convenientemente tan próximo y cerrado, dificulta, por lo demás, la posibilidad de concluir información alguna del personaje, dejando abierta cualquier vía narrativa.
En las antípodas del pintoresquismo y la pintura costumbrista, tan querida y frecuentada por la mayor parte de los colegas compatriotas de Vermeer, como Ochtervelt, Metsu, Cornelis de Man o Jacob van Loo, las mujeres del maestro de Delft se concentran con tal intensidad en lo que hacen que semejan seres alejados del tiempo y del mundo, abismadas por completo en sus íntimos y domésticos quehaceres, ya sean estos la lectura o escritura de una carta, el tecleo de un virginal o el mero disfrute del contacto de unas perlas en el cuello.
Como de costumbre en las composiciones de Vermeer nos vemos impelidos a dejar vagar la mirada por una rica sucesión de motivos que nos procuran un disfrute sensual –el dibujo y textura del tapiz del fondo, el refinado trabajo de talla de las cabezas de león de la silla, la exigente calidad de las telas- hasta llegar al personaje, verdadero meollo de sus cuadros, ese ser humano que en su concentrada mismidad atrae nuestra mirada como la luz a la polilla hasta asentarlo definitivamente en la memoria. Es ese silencio vermeeriano, tan ajeno al ruido de la historia, lo que nos seduce hasta el punto de rendirnos a la evidencia de su sencilla invulnerabilidad.  
No obstante, lo que hace que esta pintura ocupe un lugar único en la, por otra parte, exigua producción vermeeriana es la absoluta falta de tema, que impide adscribirla a género alguno. Solo es un retrato de medio cuerpo de una joven –probablemente su hija María-  en el acto de encontrar la mirada del que la mira.
Me gustaría, por último, destacar el detalle del sombrero de plumas, así como la exótica vestimenta, pues estos aditamentos no aparecen como simples caprichos de la moda sino que permiten al pintor crear ciertas áreas de color –rojas y azules- ideales para enmarcar el rostro de la joven. Integrado por el blanco del pañuelo del cuello, el color contribuye a suavizar el sombreado de la cara causado por la ancha ala del sombrero. Si nos fijamos bien vemos que Vermeer incluyó toques de rojo en la capa-base del vestido azul para conseguir un tono cálido y no tuvo reparos en usar el mismo azul para las sombras del sombrero. Esta repetición casi imperceptible de los colores le permitió no solo dar profundidad a la imagen sino lograr una agradable coherencia cromática.
Pero si en algo Vermeer no tiene rival es en el dominio de los recursos de la luz. Como ya hiciera, por ejemplo en “Vista de Delft” también aquí el pintor recurre a los pequeños toques de luz especular para las sombras. En las cabezas de león resultan, en concreto, evidentes. Estos destellos que podrían compararse a los halos desenfocados de una foto vienen a confirmar el conocimiento por parte del artista de las lentes ópticas y, en particular, de lo que conocemos como “cámara oscura”.  Ahora bien, no es que este retrato sea una reproducción fiel de una imagen proyectada, más bien parece una genial interpretación artística a partir de una experiencia previa del pintor con tales artilugios.
A pesar de la cuidada y armoniosa composición de esta tablita el retrato se nos revela como la representación espontánea de un gesto natural: el de una mujer que mira hacia afuera por curiosidad. Eso sí, pintado por alguien como Vermeer, es decir, trascendido por un audaz cromatismo y un uso sutilísimo de la luz. Y es que en Vermeer siempre pesa mucho más el silencio de la pintura que el fragor de la anécdota.





lunes, 10 de diciembre de 2018

Jacques Louis David. Retrato de la condesa de Sorcy


Jacques Louis David, retrato de la condesa de Sorcy





Desde un principio Jacques-Louis David se vio llamado a ser algo más que un pintor. Pareciéndole poca cosa ser mero testigo de la historia, resolvió pasar a la acción hasta lograr convertirse en uno de los protagonistas de su tiempo. Consciente de sus portentosas capacidades de artista y equipado con el inconfundible ego de los líderes redentoristas David se acercaría al poder político tanto para adularlo como para fustigarlo; Y, en ocasiones, para hacer las dos cosas sucesivamente.
Buscador perseverante del favor real para conseguir el prestigioso Premio de Roma -que alcanzaría por fin en 1774 en su cuarta tentativa- terminará, años después, votando, ya como diputado jacobino, la muerte del mismo rey en 1793. Hecho prisionero después de la caída en desgracia del sanguinario Robespierre decide metamorfosearse en el principal propagandista artístico de Napoleón, que lo nombra primer pintor del Imperio, encargándole la creación de toda una nueva iconografía del poder. Deportado Napoleón, David es proscrito de Francia por ley y termina sus días pintando asuntos mitológicos en Bruselas, donde muere en 1825.
Grandes obras, de una perfección formal un tanto enfática y un punto grandilocuentes en su narrativa, como “Belisario pidiendo limosna” (1781), “El juramento de los Horacios” (1784) o “El rapto de las Sabinas” (1799), por poner tres ejemplos célebres, dan buena cuenta de su particular concepto de belleza, tan idealizado como ideologizado. Pero, al lado del inflamado pintor-antorcha, del ferviente moralista, convive un maestro del retrato, hondo y sensible, imposible de superar en sutileza a la hora de transcribir con quirúrgica elegancia la naturaleza de las emociones humanas, siempre contenidas. A su lado, por ejemplo, los retratos de Ingres -que aprendió de él los secretos de  su técnica- adolecen de cierta falta de carácter y, aun siendo formalmente impecables, nos resultan ligeramente afectados.
Si hemos elegido el retrato de la condesa de Sorcy no es sino porque recordamos con cierto detalle haberlo visto este verano en la Neue Pinakothek de Munich y lo tenemos, por tanto, más fresco en nuestra memoria, pero podríamos haber elegido, por razones muy parecidas, los de la marquesa d'Orvilliers (1790), madame A. Pastoret (1791) o madame Marie Louise Trudaine (1792) y la sensación de hallarse ante una auténtica obra maestra no sería en absoluto distinta.
Pintado al año siguiente del estallido de la Revolución -el mismo año en el que acepta el reto de pintar un lienzo monumental que reflejaría el histórico Juramento del Juego de la Pelota en Versailles, y que nunca llegaría a terminar- este retrato permanece todavía en deuda con el tipo de retrato que David -y no solo él sino también una pintora tan reconocida y prestigiosa como Vigée Le  Brun- practicaba antes de la sublevación revolucionaria. 1790 fue un año de relativa calma social y David siguió, sin mayores problemas, satisfaciendo los encargos que la alta burguesía ilustrada y la aristocracia le demandaban. Anne-Marie-Louise Thélusson era, en este sentido, una representante prototípica de dicha clientela: hija de un acaudalado banquero suizo residente en París termina casándose con Jean-Isaac Thélusson, conde de Sorcy, asímismo vástago de una saga de banqueros también suizos de origen protestante.
Lo primero que nos asombra es la insólita desenvoltura con que David aborda a tan noble dama. Sentada de medio lado en un sobrio sillón Luis XVI (tapizado en fino terciopelo granate), la joven condesa nos mira de frente sin rigor y con franca confianza. El pintor nos la presenta cercana, sin barrera visual alguna que desvíe nuestra atención. La aparente sencillez de su atuendo (en exquisita armonía de blancos y ocres de muy débil saturación) sumada al informal peinado enfatizan la apariencia de juvenil naturalidad de la retratada. Todos los detalles superfluos parecen haber sido suprimidos. La lacónica elegancia y la gracia que irradia el retrato quedan definitivamente refrendadas no solo por la lúcida pureza de la coloración sino, sobre todo, por el maravilloso fondo gris -frotis atmosférico de hipnótica belleza- sobre el cual se perfila la figura. Así, el efecto de fascinación que ésta ejerce sobre nosotros no es el resultado de la sofisticación de una pose o bien de los lujosos accesorios que la pudieran adornar -aun cuando el chal de cachemira que le cubre medio pecho fuese una prenda de refinada elegancia- sino, antes bien, del supremo talento artístico del pintor para convertir un retrato de encargo en una verdadera alegoría de la clasicidad.

martes, 20 de noviembre de 2018

Bella y Hanna, las hijas mayores de Mendel L Nathanson, 1820


A primera vista podría pasar por una pintura francesa pero a poco que reparamos en sus detalles –nítida delimitación del contorno, aséptico tratamiento de la luz, calculada solidificación de la figura y, toda la composición, imbuida de un sobrio sentido de la realidad susceptible de congelar el instante en el tiempo- nos damos cuenta de que no puede ser sino obra de un pintor nórdico. Eckersberg, en concreto.




Puede que entre nosotros el nombre de Christoffer W. Eckersberg apenas nos diga nada pero en Dinamarca, su país natal, su figura goza de la más alta consideración artística y nadie allí le discute su puesto principal en lo que los daneses llaman “edad de oro” de su pintura (primera mitad del siglo XIX). Entre los principales méritos de Eckersberg, por cierto, destaca el haber sido el primer pintor danés en introducir el estudio directo de la naturaleza en sus cuadros a partir de su fecunda estancia en Roma. Aunque no es éste el caso.
Estamos ante un doble y un tanto enigmático retrato: el de las hijas mayores del próspero comerciante Mendel L. Nathanson, a la sazón, el más ferviente mecenas del artista durante su juventud. Sépase, como curiosidad, que dos años antes, en 1818, el pintor había logrado realizar un retrato grupal de toda la familia Nathanson (incluyendo a los ocho hijos del matrimonio) y que con el pago de estas dos obras pudo Eckersberg afrontar los gastos de su propia boda. Circunstancia que nos invita a pensar que debió de poner en ellas todas sus dotes de observador y lo mejor de sus recursos artísticos para satisfacer los deseos de tan rico cliente.
Con todo, hay dos cosas que llaman mi atención en este cuadro, y quiero creer que no solo la mía. En primer lugar, la vigorosa presencia del loro, invitado, a buen seguro, no accidental en el salón familiar. Y luego, el significativo parecido de las dos hermanas que casi parecen réplicas recíprocas.
Por cuanto atañe al loro, su presencia abre la escena a evidentes interpretaciones simbólicas. No puede ser casualidad que dos jovencitas burguesas casaderas (de 19 y 17 años para ser exactos) aparezcan en la intimidad del hogar paterno en compañía nada menos que de un loro exquisitamente enjaulado, siendo la jaula, por lo demás, el único adorno de la habitación, si exceptuamos la presencia de la alfombra. La muchacha de perfil, además de cruzar su mirada con la del pájaro y de acercar una de sus manos a él con intención de interpelarle, luce en sus ropas los mismos colores que el loro en sus plumas, una combinación de verdes y blancos a la que hay que añadir el detalle del pendiente rojo, probablemente de coral. La hermana, de pie y frente al espectador, sostiene en su mano derecha lo que parece un trabajo de labor. ¿Acaso no tiene uno derecho a interpretar al ave de compañía en su bella jaula como símbolo premonitorio de la vida que les espera a las dos jovencitas aun solteras? ¿No son los loros amigos de imitar voces y, de este modo, alegorías de todo aquello que se dispone a aprender y repetir lo que le ordenen? No hay que hacer un gran esfuerzo intelectual para percibir el guiño cómplice del pintor que ve en la jaula el emblema del inevitable destino de cualquier joven burguesa de su tiempo en edad de casarse.
En cuanto al extraño parecido entre ambas –subrayado por el mismo tocado consistente en una trenza que envuelve y recoge un moño alto como si fuera una diadema- bien pudiera tratarse de una decisión salomónica del propio pintor. Ante la usual disyuntiva para un retratista de cómo representar al modelo –si de cara o bien de perfil- Eckersberg decide resolver el problema haciéndolo de las dos formas a la vez. Es entonces como podríamos entender el intento de enfatizar las similitudes físicas de ambas hermanas, hasta el punto de que el cuadro parezca, en realidad, el retrato de una sola persona vista desde dos ángulos distintos.

lunes, 12 de noviembre de 2018

Monje junto al mar. Friedrich







A pesar de ser consciente de la extrema dificultad que entraña poder añadir a estas alturas algo de mediano interés a lo pensado y dicho por mentes tan penetrantes como las de Brentano, von Kleist, el barón von Ramdohr o Robert Rosenblum sobre esta imperecedera obra de Friedrich siento la necesidad de arriesgar unas breves consideraciones, aunque solo se tomen a beneficio de inventario.
Recuerdo que cuando, por fin, pude enfrentarme directamente a Monje junto al mar este verano en Berlín, liberado de la triste intermediación de la fotografía, todas mis sospechas se vieron, en efecto, confirmadas. En primer lugar, su insólito y desafiante tamaño (110x171 cm) para un cuadro tan falto de relato, tan vacío de historia solo cobra auténtica dimensión in situ. Porque si como paisaje debemos entenderlo, este cuadro desafía todas las convenciones tradicionales del género: ni sol, ni luna, ni montañas en el horizonte, ni tempestad, ni tormenta, ni una mísera barca en el mar. Solo tres irregulares franjas de color en paralelo sin que ninguna de ellas se destaque del resto sobre la planitud de la tela. Ni rastro de perspectiva ni signo alguno de distancia entre los planos.
Como espectadores sentimos el impacto de esta poderosa imagen sin efecto ilusionista alguno. Es un golpe visual sin defensa mental. Así se entiende que el propio von Kleist, en un símil fulgurante, dijera que al contemplarla “se tiene la impresión de que le hubieran cortado a uno los párpados”.
No creo que podamos ser nosotros –tan habituados a la experimentación pictórica que caracterizó el siglo XX- capaces siquiera de imaginar el terror y el asombro que este cuadro, a buen seguro, causó en el ánimo de todo aquel que se acercara a verlo en la Königliche Kunstakademie de Berlín. De total desconcierto debió de ser la impresión general pues la opción radical que adopta Friedrich en él –un monje calvo envuelto en su sayal y rebajado a categoría de minúscula criatura frente a la soberbia y magnífica indiferencia de la naturaleza como probable único tema- es de una temeraria y precoz modernidad.
Lo que Friedrich vuelve a hacer en esta obra es ejercer su proverbial capacidad –casi como un mago- de hacernos ver a través de sus personajes vueltos de espalda aquello que de hecho no se puede ver, sencillamente porque lo que el pintor quiere enseñarnos no está fuera sino dentro de nosotros.

jueves, 24 de mayo de 2018

José Luis Puche: ver es creer


VER ES CREER



J L Puche y yo delante de "En el nombre de los pájaros"


Si me permiten la impertinencia me gustaría empezar recordando cómo abría Tom Wolfe aquel deletéreo ensayo suyo, titulado “La palabra pintada”, en el muy arriesgado año de 1975. Empleando una sorna desacostumbrada en la comunidad artística hasta la fecha Wolfe denunciaba, como preludio a la batería de dardos envenenados que vendrían después, las palabras de Hilton Kramer, director por aquel entonces de la sección de Arte del New York Times, relativas a una exposición de siete pintores realistas que se acababa de inaugurar en la Universidad de Yale. Por abreviar, lo que a Wolfe le resultaba no solo chocante sino intelectualmente inadmisible era el hecho de que Kramer anatemizara la obra de esos siete artistas por la peregrina razón de que practicaran un estilo –el realista- “falto de teorías convincentes”. O lo que es lo mismo, que alguien erigido, no se sabe bien en virtud de qué méritos, en pope de la modernidad se atreviera a dispensar certificados de buena conducta artística en función de lo “convincente” que resulte la “teoría” que acompaña y justifica la obra de  un artista. Remataba con guasa afirmando: “durante todos estos años he creído que en arte, más que en cualquier otra cosa, ver es creer. Bien, ¡cuánta miopía! (…) De golpe he recuperado toda mi visión. Nada de “ver es creer”, tonto de mí: “creer es ver”, porque el Arte Moderno se ha vuelto completamente literario: las pinturas y otras obras solo existen para ilustrar el texto”[i]. Estas dos últimas afirmaciones iban subrayadas en cursiva y, en realidad, conformaban la síntesis de su célebre y combativo ensayo. Lo que hizo Wolfe fue poner el dedo en la llaga y, de paso, dar a los patrioteros mandarines del arte (básicamente el tándem Greenberg/ Rosenberg)[ii] una cucharada de su propia medicina: ¿si el movimiento moderno se originó como reacción frente a la naturaleza literaria del arte académico cómo era posible que la vanguardia artística, tanto europea como norteamericana, terminara practicando un arte tan necesitado de literatura?
La llaga, en cualquier caso, no era Kramer, éste solo era un integrante más de la influyente camarilla de críticos y profesionales del arte moderno que seducidos por el discurso abiertamente doctrinario y llamativamente maniqueo, aunque construido con cierto rigor intelectual, de Clement Greenberg, habían prescrito una receta a modo de edicto a tenor de la cual todo lo que no fuera abstracción no podía ser calificado de moderno y, por tanto, desde el punto de vista artístico resultaba inmediatamente sospechoso de reaccionario. A lo largo de su dilatada obra y desde el breve pero prescriptivo ensayo “Vanguardia y kitsch” (1939) hasta su artículo “La pintura moderna” (1960) Greenberg mantuvo su particular fatwa contra lo que él entendía era la principal amenaza del arte de su tiempo: la figuración realista[iii]. Así, dictaminó que para ser libre el arte habría de buscar su propio desarrollo y supervivencia en la renuncia a cualquier referencia figurativa y en la exigente concentración en el trabajo sobre su propio medio. Este será, por tanto, -y no la realidad- el exclusivo centro de operaciones del pintor moderno. “Medio” se convertirá en un concepto central en su jerigonza artística. Tal como él lo define el “medio” se corresponde con la suma de condiciones específicas que caracterizan una forma expresiva y la distinguen de otras. En el caso que nos ocupa, el de la pintura, estas condiciones se reducen, según Greenberg, a tres, a saber: la planitud (flatness) de la superficie de la obra, las propiedades del pigmento, que él llamaba la “palpabilidad de la pintura” y los límites del cuadro impuestos por el marco. Estos serán los únicos elementos a los que el pintor vanguardista deba prestar atención y con los que tiene que operar. Dejando a un lado la dimensión política de las operaciones Painterly Abstraction de Greenberg y Action Painting de Rosenberg (profusamente estudiadas por Serge Guilbaut en su indispensable ensayo “De cómo Nueva York robó la idea de arte moderno”[iv]) lo que, desde nuestra perspectiva actual, nos parece de un idealismo casi tierno es el rigor y la persistencia con que alguien como Greenberg elaboró y supervisó un programa estético tan hermético y sofisticado que terminó sin remedio por morir de asfixia. Asfixia de los propios artistas, naturalmente. Todo lo que no se ajustara a sus tres condiciones sagradas era o bien desviacionismo (el arte conceptual) o bien herejía (el arte pop y el realismo en general). A la herejía, por cierto, la llamó kitsch. Solo en este sentido su figura se nos antoja parecida a la de André Breton, sumo sacerdote de las esencias surrealistas, siempre dispuesto, en aras de la ortodoxia, a condenar cualquier desviación o desobediencia. Hijos de la misma época, ambos crecieron en unos tiempos que aun creían en las “utopías redentoristas” (en su caso, de orientación marxista) para terminar en su madurez siendo testigos de las severas contradicciones que las consumían en su interior. Ninguno de los dos se tomó la molestia de reconocerlas y analizarlas con la suficiente distancia y ni uno ni otro supieron prever lo que Gianni Vattimo llamaría “el fin de la modernidad”[v], es decir, la sustitución de la esperanza en un futuro mejor por el pragmatismo del presente tal cual o, lo que es lo mismo, el reemplazo de los deseos piadosos por las acciones eficientes. Llama la atención, por su paralelismo de causa-efecto, que así como después del colapso creativo producido por la violenta sucesión de las vanguardias históricas (cubismo, futurismo, constructivismo y dadaísmo principalmente) sobreviniera, en el panorama artístico de la época justo al acabar la 1ª Guerra Mundial, lo que Jean Cocteau llamó en un momento de lucidez “le rappel a l´ordre” (la llamada al orden)[vi], también se produjera, justo después de los numerosos esfuerzos críticos por replegar la práctica de la pintura al exclusivo campo de la pintura (ocasionando una metapintura o pintura autorreferencial), un hartazgo por la abstracción y empezaran a aparecer, tanto en Europa como en los Estados Unidos, una serie de artistas que vieron en la repentina eclosión de las imágenes de masas de la nueva sociedad de consumo de los años 50 del pasado siglo, una oportunidad para ser modernos de otra manera, digamos pop. Lo que resulta significativo es que tanto en una como en otra respuesta (le rappel a l´ordre o el pop art) los pintores vuelvan a sentir la necesidad de acercarse a la figura y al objeto, es decir, a practicar sin complejos, un renovado realismo, por mucho que éste remita o no a lo real.


G. Richter, Tourist Office, 1966




[i] Wolfe, Tom, “La palabra pintada”, Anagrama, Barcelona, 1976.
[ii] Clement Greenberg puso las bases teóricas de lo que él denominó Painterly Abstraction (abstracción pictórica) y Harold Rosenberg es el padre del concepto Action Painting (pintura de acción).
[iii] Ambos artículos están incluidos en “La pintura moderna y otros ensayos”, Siruela, Madrid, 2006. Ed. Félix Fanés.
[iv] Guilbaut, Serge, “De cómo Nueva York robó la idea de arte moderno”, Tirant lo Blanch, Valencia, 2007.
[v] Vattimo, Gianni, “El fin de la modernidad”, Gedisa, Barcelona, 1986.
[vi] Ver su mítico libro de ensayos de 1926 “Le rappel a l´ordre” en el que se recogen diversos estudios publicados entre 1918 y 1923 cuyo punto en común lo resume el propio título del volumen que queda, no obstante, desarrollado en el capítulo que recoge la conferencia impartida en el Collège de France y que Cocteau tituló “D´un ordre considéré comme une anarchie”, donde el escritor defiende un clasicismo y un orden contemporáneos a partir de los cuales pueda desarrollarse una “disciplina de libertad” capaz de proteger la creatividad individual de los desastres de la anarquía.



¿Qué es lo real? Si en la obra de un artista pop como Richard Hamilton lo real toma la forma de ciertos productos de la cultura popular envueltos en la estética, sexy y glamurosa, del anuncio publicitario y en la pintura de su compatriota David Hockney lo real, en cambio, adquiere una dimensión mucho más autobiográfica en la que la vida personal del artista y su entorno físico y humano cobran especial protagonismo, en un pintor como Gerhard Richter lo real es una suerte de gris indiferencia, una sucesión de registros visuales asépticos, imprecisos, anodinos, que abordan distintos géneros, en los que cualquier sentimiento humano parece haber sido, en principio, puesto en cuarentena y al borde del cliché. Más que en ningún otro de los artistas antes mencionados lo real en él resulta una ficción. Y es precisamente esa inclinación a representar lo real como ficción lo que viene a singularizar el conjunto de obras que José Luis Puche lleva desarrollando desde hace algún tiempo y del que esta exposición es una acabada muestra.

En primer lugar, al emplear como medio auxiliar la fotografía, algo en lo que coincide, por cierto, con dos de los pintores antes citados -Hockney y Richter, aunque con intenciones artísticas muy distintas en cada caso- el acercamiento a la realidad que Puche practica termina por elevar a rango de real el valor de lo aparente. Las apariencias, tal como las registra la cámara, cobran una irremediable nueva dimensión en manos del pintor o dibujante. En vez de quedarse en el registro más o menos objetivo y hasta banal de una realidad determinada, en el trasvase de la operación de la foto al dibujo el artista añade a la imagen no solo un significativo número de ingredientes estéticos sino -algo que a veces pasa desapercibido- el carácter de un tiempo mucho más lento (el de la propia ejecución de la obra) que, por fuerza, termina por otorgar a la imagen una densidad conceptual y, a menudo, una intencionalidad de las que carece la fotografía y a las que resulta muy difícil sustraerse. Esta añadidura, consciente o involuntariamente, logra hacer del dibujo o la pintura algo inevitablemente distinto de la mera transcripción, algo cuya densidad obliga a ver la imagen representada con otros ojos, prontos a descubrir el aura nostálgica que la compromete. A la presencia física del lento y sucesivo trabajo que el tiempo mensurable logra volcar sobre la superficie del papel -trabajo que desgasta, quiebra y desdibuja a conciencia el propio dibujo por medio de la compleja técnica de intensa plasticidad del artista, de la que luego hablaremos- hay que añadir el tiempo histórico de las imágenes utilizadas, fuera de nuestro estricto presente y remitiéndonos, con terca sutileza, a un escurridizo pasado, familiar y extraño a la vez.  De ahí, el aura nostálgica ya mencionada. Todo concurre, en definitiva, para que aquello que en un principio el artista miró como una foto -o un conjunto de ellas- se nos devuelva en el dibujo como escenario construido en el que se representa un drama (en su sentido etimológico) al que asistimos con inevitable perplejidad.       
¿Qué tienen las fotografías de seductoras y eficaces para que tantos pintores –desde Richter o Leon Golub a Tuymans, Rauch, Dzama o el propio Puche, entre los más actuales-  las prefieran como material de trabajo? Para empezar, su carácter de pura imagen ajena a la vida y a las experiencias personales del artista. Partir de una fotografía, sacada de una revista, de un archivo histórico o del infinito catálogo de internet, libera al artista de la carga emocional de sus propias vivencias. Es, en ese sentido, un trabajo desapasionado en el que el pintor o dibujante solo debe concentrar sus esfuerzos en los aspectos técnicos y formales sin necesidad de sentirse concernido por ningún tipo de sentimiento o emoción de carácter personal. Por otra parte, por su naturaleza de artefacto construido la fotografía ahorra la toma de determinadas decisiones como puedan ser el encuadre, la composición o la caracterización de los personajes y, en muchas ocasiones, también las fuentes de luz. Te da, por así decirlo, ese trabajo hecho. Y finalmente, no podemos olvidar que una fotografía es una poderosa y formidable arma de destrucción de la privacidad del otro y desde este punto de vista constituye siempre, aun en el posado, una verdadera intromisión que, por lo mismo, facilita una información psicológica de primera magnitud.
En el caso de Puche, esta tercera virtualidad de la fotografía no parece tener apenas importancia pues su iconografía se mantiene voluntariamente ajena a cualquier tentativa de interpretación psicológica. Quien quiera conocer qué piensa y siente José Luis Puche no lo sabrá a través del estudio de la temática de su dibujo.  Sin embargo, lo que sí tendrá claras consecuencias en la manera de mirar es el uso que el dibujante hace de cierto tipo de material fotográfico, por lo general trivial, incidental, indiferente a su intimidad, que terminará por cambiar su propia visión de artista pues ha logrado acostumbrar al ojo a la idea de la visión por la visión misma. Cuando cualquier cosa que se ve es susceptible de pasar al papel o al lienzo, prescindiendo de toda valoración ética o estética, lo que se está alimentando es una didáctica de la indiferencia perceptiva, semilla, por otra parte, de las principales poéticas de la posmodernidad. Es evidente que en el asiduo ejercicio de transliterar al dibujo una o varias fotografías combinadas se corrige o puede corregirse nuestra manera de mirar. Convendría, no obstante, matizar la supuesta indiferencia perceptiva más arriba señalada, pues las distintas decisiones que el artista va tomando mientras desarrolla su trabajo y que obligan a convivir a unas imágenes con otras al tiempo que le empujan a elegir unos motivos y eliminar otros, convierten finalmente al dibujo en una auténtica transfiguración del original fotográfico. Lo que hace de José Luis Puche un pintor/dibujante de lo real como ficción es, en primera instancia, su preferencia por la foto como motivo desencadenante de su quehacer artístico. En este sentido conviene tener en cuenta la advertencia de Susan Sontag: “en vez de limitarse a registrar la realidad, las fotografías se han vuelto norma de la apariencia que las cosas nos presentan, alterando por lo tanto nuestra misma idea de realidad y de realismo”.[i] Los dibujos de Puche no son, en puridad, imitaciones de una foto, su esfuerzo como artista no lo pone al servicio de la imitación de una imagen sino de hacer que esa imagen se nos presente tan ajena y compleja, tan indiferente a nuestra vivencia cotidiana que nos parezca que estamos ante una ficción difícilmente localizable y fechable, ante una nueva realidad  transfigurada por el arte.
Los dibujos que Puche nos ofrece no obedecen, por consiguiente, a una realidad directamente contemplada sino que se originan de la contemplación directa de una o varias representaciones de la realidad. Así, frente a la consabida impostura del naturalismo visual de la televisión Puche nos plantea otra manera de celebrar las dificultades que entraña la tarea de mirar, pues la mirada que él propone no es tanto una transcripción de las evidencias externas cuanto una reelaboración consciente, obligada a confrontarse con las resistencias inherentes al material diverso del que el mundo está hecho. Así es como queda neutralizado en las escenas de Puche cualquier atisbo de insuficiencia frente a la eventual precisión de la imagen fotográfica.  No se trata de establecer un único protocolo de aproximación a la fotografía sino de sublimar sus ambivalencias con estrategias tales como la combinación paradójica de varias de ellas en la resolución de un solo dibujo o bien la manipulación de la imagen fotográfica seleccionando unos pocos motivos y prescindiendo de otros en función del interés del artista por intensificar la sensación de verdad pictórica del mundo.
Contemplando el sugestivo conjunto de dibujos que conforman esta exposición accedemos a una auténtica ética del mirar que, en última instancia, no se reconoce en ningún compromiso, a excepción de que consideremos el placer de mirar por mirar como una nueva categoría de compromiso.


J L Puche, Sabali, 2016



[i] Sontag, Susan, “Sobre la fotografía”, Penguin Randon House, Barcelona, 2017, p. 91.



En los papeles de Puche la banalidad de lo mirado está estratégicamente envuelta en un aire impregnado por el sutil aroma del misterio. Un misterio muy cercano, en ciertas ocasiones, a lo que Freud llamó unheimlich, es decir, lo desconocido, lo clandestino, lo extraño que a menudo produce inquietud y nos desasosiega[i]. Unheimlich como antónimo de heimlich, lo doméstico o familiar y, por tanto, conocido, no extraño. Freud, de una manera bastante novedosa, plantea el concepto como una vivencia contradictoria en virtud de la cual lo extraño adopta la apariencia de lo conocido y lo conocido se torna extraño. Ante una imagen así, aun siendo en apariencia familiar y conocida, podemos desarrollar un sentimiento o sensación de extrañeza que fácilmente puede derivar en inquietud o angustia. Freud cita la definición que F. W. J. von Schelling propone para unheimlich, “el nombre para todo aquello que debió quedar oculto, secreto (…) pero que terminó por manifestarse”[ii]. De ahí que al tomar conciencia de ello sobrevenga la angustia. En las escenografías que nos propone Puche juega un papel relevante la habilidad con que utiliza la combinación y manipulación de imágenes fotográficas en un mismo dibujo para deslizar ese elemento perturbador en nuestra conciencia perceptiva al que obliga a convivir, a veces, con un sutil y particular sentido del humor. Escenografías marcadas también por la elección del mismo material fotográfico. Así, la aparición de personajes de peinado y vestimenta ligeramente anacrónicos, de una época similar a la del mobiliario o automóviles que utilizan –todo ello deliberadamente anterior a la fecha de nacimiento del artista y manifiestamente ajeno a su vernácula tradición cultural- como, por otra parte, la descontextualización a la que se somete a la imagen al arrancarla de su originario contexto –muchas veces dinámico- para transformarla en icono estático y, por tanto catalizador de significados, contribuyen a hacer del dibujo de Puche una realidad que, por su propia inmovilidad y su muy elaborada puesta en escena, tiende a acumular varios significados, a veces paradójicos: ¿dónde está el trampolín de esos saltadores en cruz en pleno vuelo en piezas como Counting Coup o Air? ¿Qué les espera al final de la caída? ¿Son atletas o jóvenes sin rostro lanzados al vacío? ¿Qué tipo de sorpresa le espera al conductor de Air7 en plena noche? ¿Quién es, de haberla, la amenaza, el conductor o el peatón iluminado que parece esperar a lo lejos?

J L Puche, Air, 2016



[i] Hoffmann E.T.A.-Freud, Sigmund, “El hombre de arena. Lo siniestro”, José J. de Olañeta editor, Palma de Mallorca, 2008.
[ii]  Hoffmann-Freud, op. cit., p. 19.


Por otro lado, pero en un sentido que abunda en lo ya dicho, encontramos en el despliegue escénico de Puche una permanente dialéctica entre lo estático y lo dinámico. La misma naturaleza estática del cuadro en que el artista se obliga a fijar una imagen, por definición, detenida entra en claro conflicto con la narrativa visual del propio cuadro, un dibujo punteado de movimiento y pleno de dinamismo en su aspecto compositivo. No solo en la práctica totalidad de sus escenas con figuras nos hallamos ante representaciones de un marcado dinamismo que, a veces, parece desafiar incluso a las leyes de la gravedad (como epítome espléndido y rotundo destaca su políptico En el nombre de los pájaros, donde todas las figuras aparecen en acción y, las principales, en alambicadas poses, excepto el pequeño y discreto gato) sino también en sus escenas de paisaje (Air2 o Afternoon of rays) la naturaleza se nos presenta turbulenta y en estado de excitación (el vendaval que tuerce las palmeras o los rayos eléctricos que estremecen la noche). Esta tensión de principios opuestos contribuye, de una manera velada pero efectiva, a que se manifieste el elemento perturbador al que antes aludíamos.

Ya sea, entonces, por la ambigüedad de lo tratado como por la sorprendente coreografía visual de sus dibujos la idea de un posible significado latente acecha como enigma en buena parte de la obra de Puche, sugiriendo con frecuencia interpretaciones de equívoco sentido. Si reparamos, por ejemplo, en el motivo del blíster –al que recurre en dos ocasiones- tan legítimo nos parece ver en él la denuncia paródica de una sociedad incapaz de hacer frente, por sí sola, a un estado de ansiedad y angustia generalizado (una sociedad farmacologizada) como interpretarlo en clave alegórica, y ver en ellos el emblema posmoderno de la frágil artificiosidad del entramado social: al fin y al cabo los blíster parecen estar formando un inestable castillo de naipes. O, ¿por qué desecharlo?, como simple elemento excéntrico de función desconcertante. Sea como fuere, al contemplar muchas de las composiciones del artista no podemos evitar acordarnos de cierta imaginería de raíz surrealista tan vinculada al concepto bretoniano de dépaysement[i] (extrañamiento) pero sin el aditamento sexual tan caro al surrealismo y sin rastro, tampoco, de resabio psicológico alguno, consustancial también al espíritu de las primeras vanguardias. Ambas implicaciones (la sexual y la psicológica) están ahora voluntariamente descartadas del vocabulario visual de Puche, que juega en otro campo. En su elaborada y meticulosa dramaturgia hay siempre una distancia interpuesta entre el espectador y la obra que convierte a sus dibujos en artefactos descreídos. La mirada de Puche es una mirada desapasionada, deliberadamente neutra, desideologizada, posmoderna. En cierto sentido, distinta a la de artistas como Neo Rauch o William Kentridge, dos autores que practican un dibujo que puede compartir determinados rasgos estilísticos con los del malagueño pero en los que las implicaciones sociales y políticas, respectivamente, saltan a la vista.
Aun a sabiendas de lo equívoco y contradictorio que pueda resultar el término posmoderno (que más que la precisión de un concepto filosófico ostenta la ambigüedad de una máscara sin gesto) si contemplamos en conjunto la obra de José Luis Puche –especialmente a partir de la producida para Never Before, expuesta en Yusto/Giner en 2015- obtenemos la impresión de encontrarnos delante del trabajo de un artista sin complejos ni lastres programáticos, que no cree en los poderes de negación del arte moderno, que intuye que la ruptura con el pasado no es creadora y que está dispuesto a poner en entredicho la idea del fin del arte por medio de un rearme figurativo que si, en lo visual, se nutre del infinito banco de imágenes que proporciona internet, en lo formal se apoya, por un lado, en una portentosa seguridad técnica –en su caso, ganada de forma autodidacta- y, por otro, en un vasto caudal de conocimientos artísticos, producto de su formación académica como historiador del arte. Rearme figurativo que no vacila en combinar el relativamente reciente legado del pop europeo (británico e italiano para mayores señas) con la herencia más antigua de ilustradores y caricaturistas como William Hogarth u Honoré Daumier, sin olvidar la imaginería surrealista o el realismo social de los países del desaparecido bloque soviético.
Esta nueva koiné realista, de carácter trasnacional y voluntad sincrética, no podría entenderse sin el advenimiento de una nueva era, calificada por unos de “neobarroca” y por otros de “posmoderna” o incluso “del vacío”[ii], en la cual los artistas han optado por sustituir la rebelión violenta contra el orden oficial y el academicismo, el desprecio a la tradición y el furor por la novedad por una actitud mucho más contemporizadora con el legado universal de la historia del arte que ha adoptado el realismo como vía de expresión artística precisamente por su doble carácter ecuménico y contrarrevolucionario. Koiné cuyo nutriente principal no es ya la experiencia directa y caliente de la realidad sino la que pasa por el cedazo cool del dispositivo fotográfico. Así, el realismo que practica la nueva constelación de artistas en la que se incardina Puche no es reflejo de una realidad vivida sino de una realidad vista. Algo, por lo demás, no tan nuevo en la práctica artística ya desde mediados del siglo XIX (recuérdese la influencia de la fotografía en las obras de Degas o Caillebotte) pero que tendrá que esperar hasta la aparición de un artista como Francis Picabia para hallar un franco defensor de esta postura, dispuesto a darle carta de naturaleza[iii]. Corrientes como el fotorrealismo norteamericano de un Chuck Close o un Richard Estes (afanados en el efecto mimético y ajenos a toda emoción humana) o, en Europa, el llamado, no sin explícito sarcasmo, “realismo capitalista” de los aun jóvenes Polke y Richter, pueden considerarse, pese a sus notables diferencias éticas y estéticas, antecedentes inmediatos del recurso a la fotografía que luego emplearán artistas tan dispares como  Peter Doig, Marlene Dumas, Luc Tuymans, M. Borremans o, en nuestro país, Paco Pomet, Concha Martínez Barreto o el propio José Luis Puche, entre otros. En definitiva, una estrategia de superación de la realidad que queda así orillada y sustituida por la mirada interpuesta –y muchas veces anónima- del fotógrafo o cineasta y que da como resultado una imagen artística que es elaboración de una elaboración y, por eso mismo, artificio y ficción. Artificio y ficción artísticos. Puche tiene la habilidad de generar discurso donde, en principio, aparentaba no haber más que imagen. En sus escenografías todo evoca un lugar deslocalizado en un tiempo difuso lo suficientemente lejano como para no vernos reflejados del todo en él pero, a la vez, lo suficientemente cercano como para poder seguir sintiéndonos concernidos. Rozando, en ocasiones, la estética publicitaria da a sus escenas una sabia vuelta de tuerca hasta lograr hacérnoslas sentir como extrañamiento, como si los personajes que retratara fueran marcas desarraigadas de nuestro tiempo, habitantes de un lugar que antaño fue nuestro, no vacío de vida ni de pensamiento pero sí ya de nosotros tal como ahora nos vemos.

J L Puche, Duluth, 2015



[i] El concepto de dépaysement está desarrollado en el segundo manifiesto surrealista y se basa en la reunión arbitraria de elementos dispares. Ver André Breton, “Manifiestos del surrealismo”, ediciones Guadarrama, Madrid, 1974.
[ii] Calabrese, Omar, “La era neobarroca”, Cátedra, Madrid, 1989. Jean-François Lyotard, “La condición posmoderna”, Cátedra, Madrid, 2006. Gilles Lipovetsky, “La era del vacío”, Anagrama, Barcelona, 1986.
[iii] Boulbès, Carole, “Francis Picabia. Monstres délicieux. La peinture, la critique, l´histoire”, texto del catálogo de la exposición “Cher peintre… peintures figuratifs depuis l´ultime Picabia”, Musée Natinal d´Art Moderne-Centre Pompidou, Paris, 2002, p. 29-38. 



Y todo ello, ya lo hemos apuntado, a través de un dibujo muy tramado y de una intensa plasticidad. El dibujo de Puche, dejémoslo claro desde un principio, se beneficia de un virtuosismo técnico literalmente asombroso. Por lo que tiene de autodidacta y, quizá también y como consecuencia, por la forma desinhibida con que lo ejecuta. Como dibujante su aprendizaje es el lento resultado de una fuerte determinación desde los primeros años de infancia. Nunca asistió a academia alguna y tanto su conocimiento técnico como su evolución estilística lo deben todo a la selectiva voracidad de su mirada y al insistente ejercicio de la mano que se entrenan, primero, en la ingenua reproducción de las típicas láminas escolares para pasar, años después, a una copia más atenta y consciente de la imaginería religiosa malagueña vinculada a su Semana Santa así como de los cuadros de Velázquez, a los que accede a través del catálogo que le regala su madre después de ver juntos la célebre exposición antológica del Museo del Prado de 1990 cuando apenas frisaba los 13 años.  Caso el suyo que nos recuerda, por ciertos paralelismos biográficos, al del célebre dibujante holandés M. C. Escher. Ambos coinciden en su poco provechosa experiencia escolar y en la posterior formación técnica al margen del circuito académico si exceptuamos el interés por el mundo gráfico: los pormenores del grabado en Puche y la xilografía y el linóleo en Escher; asimismo coinciden en su pasión por Roma como tableau vivant  capaz de poner a su alcance sin intermediarios buena parte de lo mejor de la historia del arte occidental. Y, por último, en la versatilidad y virtuosismo con que aplican las posibilidades artísticas del lápiz graso y de grafito. Paralelismos más vitales que estilísticos pues si el holandés se inclinó en lo estético por una elaborada ornamentación de carácter geométrico y por la construcción de portentosas arquitecturas inventadas, Puche ha preferido seguir investigando en las distintas interacciones de la figura humana en ámbitos que van de lo doméstico y urbano a la recreación de una naturaleza expresivamente arrebatada.

Por la complejidad técnica de su dibujo y por el formato ciertamente heroico de muchos de sus papeles lo que en esta exposición se nos ofrece no es sino, en realidad, una sucesión de cuadros concebidos y resueltos como si de pintura se tratara. Urdidos con cálculo en el ajustado pero sugestivo espectro cromático del gris –color, en principio, de exigua fuerza expresiva al que, en ocasiones, hace convivir con golpes de color más vivo- Puche ha sabido sacar, gracias a la lúcida combinación de una batería de recursos técnicos, resonancias a sus grisallas de una fuerte plasticidad logrando la sensación de corporeidad de la materia típica de la pintura. La presunta indiferencia emocional del gris (transcripción rigurosa al cuadro del blanco y negro de las fotografías preliminares) queda contrapesada por un toque del lápiz muy físico que convierte al dibujo en un apasionado baile corporal[i]. Si a esto añadimos la tendencia natural del artista a experimentar con los materiales hasta el punto, por ejemplo, de hacer que el carbón graso pueda ser acuarelable (algo, en principio, reservado al grafito) o a incorporar con admirable confianza los accidentes ocurridos en el proceso del dibujo al resultado final de la obra como ocurre en Tattoo donde un presunto error  acarrea una mancha orgánica que a su vez provoca un tono de gris que no existía para la química pero que se plasma milagrosamente sobre el papel convirtiendo, a la postre, el accidente en hallazgo feliz o, bien, observamos cómo por medio del líquido enmascarador se crea una película que aísla y protege determinadas zonas del papel de los ataques del agua vertida y chorreada o de las salpicaduras de la brocha, con su carga de sedimentos, sobre él, si, como digo, somos en definitiva conscientes de todo este caudal de procedimientos, convendremos entonces en la profunda naturaleza pictórica del dibujo de José Luis Puche, naturaleza a la que de forma indirecta alude el poético y debussyniano título de esta exposición[ii]. Como nieve que baila, así es como el autor interpreta su propia forma de obrar. Como la nieve ejecuta su acompasada e ineludible acción de metamorfosis y barrido de formas así el pintor/dibujante compone y descompone con los instrumentos de su oficio (tiza, lápiz, agua y brocha) el completo escenario de su propia ficción.

Alentar en el espectador la posibilidad de interpretar y vivir la vida de este mundo –su realidad- de una manera distinta a la habitual, de conocerse mejor por medio de aventuras ajenas, de comprometerse de algún modo con la verdad de la mirada del otro es parte de la inmensa y fascinante tarea del pintor de realidades. No hay nada más fácil ni natural de entender que el hecho de que la pintura sigua viva depende principalmente de que siga hablando de nosotros. Ver es creer. El amigo Wolfe tenía razón.

                                                                      
                                                                                       Francisco L. González-Camaño


[i] Este aspecto técnico ya ha sido visto por el crítico italiano Nicola Mariani en un breve texto que escribiera con ocasión de la muestra de J. L. Puche en la galería barcelonesa de Víctor Lope en 2016 y en el que relaciona ese toque musical con su pasado de percusionista en un grupo de música clásica y contemporánea.
[ii] Claude Debussy compone para su pequeña hija Claude-Enma y para su institutriz inglesa en 1908 la suite para piano Children´s Corner. Compuesta por 6 piezas, cinco de ellas están tituladas en inglés. The snow is dancing es la cuarta y en ella intenta evocar la caída de los copos de nieve sobre las cosas que componen el mundo.