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martes, 1 de septiembre de 2015

"Il trovatore", ¿un de Chirico metafísico?

“Il trovatore”, ¿un de Chirico metafísico?




Il trovatore. Óleo sobre lienzo, c 1958


Nada resultaría desconcertante en esta obra, por lo demás tan manifiestamente dechiriquiana, si no fuera porque, como afirman los especialistas, fue pintada hacia finales de los años cincuenta y no en el segundo decenio del siglo XX, como a simple vista parece querer demostrar.
A simple vista decimos, porque si la comparamos con dos de sus más emblemáticos cuadros de ese decenio con los que tanto tiene, en principio, que ver ( “El profeta” de 1915 y “Héctor y Andrómaca” de 1917) una diferencia sustancial la singulariza de forma incontestable: la opulenta calidad de la materia pictórica que ahora utiliza como un clásico, a la manera del virtuoso pintor que hace tiempo decidió regresar a los seguros amores del oficio. ¿De qué otro modo sino entender la gracia casi aérea del inconfundible maniquí armado, la osada maestría en los contrastes de color entre fondo y figura, el sutil juego de luces y sombras, la fina pincelada que arrebata al ensamblaje corporal delicadísimos reflejos de luz, la oblicua lisura de las sombras arrojadas en el suelo, el aire limpio de la escena?
Cierto es que todo indica que estamos ante uno de los mejores cuadros metafísicos de Giorgio de Chirico, pero solo si aceptamos que lo ha pintado un de Chirico absolutamente comprometido con la ciencia de la pintura tal y como la entendían los viejos maestros.
Es de sobra conocido el episodio de la tan cacareada por la crítica apostasía del pintor de su juvenil etapa metafísica, apostasía, dicho sea de paso, siempre desmentida por el propio artista (ver página 217 de sus “Memorias de mi vida” en la que afirma sin ambages no haber repudiado de ninguna manera dicha etapa, y añade: “yo no he tenido ni primer, ni segundo, ni tercer, ni cuarto estilo; siempre he hecho lo que he querido hacer, desentendiéndome por completo de las habladurías y de las leyendas creadas a mi costa por personas envidiosas e interesadas”).
En realidad, el origen de la mistificación de su pretendido repudio obedece a un empeño absurdo y malevolente de Breton y sus adláteres surrealistas que, dolidos por la pronta deserción de de Chirico, no se cansaron de ridiculizar su posterior evolución artística hasta el extremo pueril de contraprogramar sus exposiciones individuales parisinas con la exhibición de obras “ortodoxamente metafísicas” del pintor que obraban en poder del mismísimo Breton en calidad de coleccionista de arte.

Lo que nunca quiso entender ni estuvo dispuesto a aceptar el círculo más vehementemente surrealista fue que la evolución personal y artística de de Chirico no puede resolverse como un simple cambio de estilo sino, como muy bien supo ver Maurizio Calvesi, el crítico italiano que con mayor finezza lo ha estudiado, como un completo cambio de paradigma poético y de visión del mundo.

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