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lunes, 4 de mayo de 2015

Picasso y la Naturaleza

PICASSO Y LA NATURALEZA


Bodegón delante de ventana en Saint Raphael, 1919


Es evidente que Picasso no quiso mirar la naturaleza. En su desmedida obra ésta apenas ocupa lugar y cuando aparece lo hace en condición subalterna: un poco de mar asomando por una ventana, alguna palmera de paseo marítimo, ciertos matojillos verdes para dar ambiente campestre a un grupo humano y poco más. Incluso en sus largas temporadas en la Costa Azul, etapas enteras de su vida, Picasso siempre pintó de espaldas al mar y a la naturaleza, obsesionado con la figura y con su propio devenir.
Mucho antes, en aquel mítico y seminal verano de 1906 en el valle leridano de Gósol, donde Picasso se confiesa a su compañera Fernande Olivier feliz en contacto con aquel imponente e inspirador paisaje de montaña, tampoco el pintor agudizó sus sentidos para celebrar esos paisajes sino que, por el contrario, se volcó en la búsqueda de nuevas formas artísticas que sirvieran a sus nuevos intereses y que desembocarían en el alumbramiento del primer cubismo, el analítico.

Llama la atención, también en este sentido, que la mayor parte de los pintores que Picasso elige para medirse con ellos (Velázquez, Rembrandt, Lucas Cranach, Ingres o el mismo Manet) sean artistas poco proclives a frecuentar la naturaleza. Enormes artistas, como él, pero como él demasiado desatentos, para mi gusto, con todo aquello que habita fuera de nosotros.

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