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jueves, 7 de febrero de 2013

Una lanza por Martín Rico

Cuando a principios de diciembre del año pasado me acerqué a Madrid para ver la exposición "El joven Van Dyck" del Museo del Prado aproveché para pasarme por las salas que albergaban la obra del paisajista Martín Rico al que el mismo museo dedicaba otra exposición.
naranjos en la huerta del Retiro, Sevilla.
Conocía al pintor, sobre todo, por los cuadros del legado de Ramón de Errazu que también atesora El Prado desde 1905 y por alguna otra obra que de él disfruta la colección de la baronesa Carmen Thyssen. Se da la feliz circunstancia, en mi caso, de que puedo disfrutar -y en el mismo cuarto en el que escribo- de un grabado de Georges Petit, que conseguí comprar de lance a un librero de Connecticut a través de internet, que reproduce una célebre acuarela del pintor titulada Puente de Alcalá de Guadaíra y que Martín Rico vendió a Blanc por 2000 francos en su momento. Le pont de pierre à Alcala (Environs de Seville) reza debajo del paisaje en el que tres niños en primer término parecen entretenerse pescando en el río mientras por el puente, ligeramente picudo, cruzan algunos vecinos delante de una carreta tirada por un equino en dirección a lo que en aquel momento era la huerta de San Francisco. La firma del artista aparece en el ángulo inferior izquierdo sólo en su segundo apellido y el derecho lo reserva para la localización a la que añade en francés "environs de Seville".
Pero volviendo a la exposición, lo primero que me sorprendió fue saber por su comisario, Javier Barón, que hasta esta ocasión nunca se le había dedicado en España una exposición individual al artista, ni en vida ni aprovechando la ocasión de su muerte, en 1908. Algo a todas luces injusto e injustificable que ahora, tan tarde, viene a remediar, bien es verdad que con todos los honores, nuestro museo más principal.
Y viendo los cuadros de cerca otra de las sorpresas, ésta deliciosa, fue comprobar la altísima calidad de los colores utilizados, colores de mucho cuerpo pero de brillo muy controlado que producen la sensación de estar viendo joyas planas. Así como el virtuosismo técnico en la resolución de las acuarelas, que me parece sólo comparable a la de su amigo Fortuny.
Si la buena pintura fina no estuviera hoy, por prejuicios absurdamente ideológicos, tan desprestigiada Martín Rico ocuparía en la historia de la pintura española un lugar entre los grandes maestros del paisaje, como en Francia ya lo ocupa un Daubigny o en el mundo anglosajón un Singer Sargent.

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