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jueves, 21 de julio de 2011

La Postal del Verano

Para quienes el trabajo no está regulado por ningún convenio ni calendario laboral el verano es simplemente la estación de los calores. Esos meses en los que debes soportar el aire frío y viciado de las máquinas acondicionadoras si no quieres sufrir una lipotimia o algo peor mientras trabajas (en mi caso, en mi casa).
Pese a todo, siempre que puedo me escapo. Salir de la ciudad que habitas debería ser una costumbre promovida por las autoridades públicas de, al menos, los ministerios de Sanidad y Cultura. Yo la practico siempre que mis circunstancias me lo permiten. Y en verano me gusta elegir algún destino costero de playas tranquilas y despejadas en las que poder disfrutar del placer intenso del baño en el mar sin ser acosado por la presencia demasiado cercana de otros veraneantes. 
Tavira es el lugar al que he vuelto este verano. Allí las playas de Cacela Velha o Barril, por ejemplo, siguen siendo lugares razonablemente soportables incluso en los meses de julio y agosto. Los días de diario llegan a parecerse a paraísos naturales.
Mi perro, eso sí, suele venir conmigo. También a la playa. Algo, por cierto, que ya no te dejan hacer en España, donde los perros han pasado a ser considerados sospechosos de mala conducta simplemente por tener cuatro patas, en vez de dos, y correr así algo más deprisa que sus amos. Lo cierto es que siempre que puede, me quita el sitio (en esto también se ve que es buen amigo). Y mi silla me la encuentro ocupada cuando vuelvo del baño, lo que tengo que reconocer que me incomoda bastante.
Cualquier día me lo encuentro ojeando displicente el libro que acostumbro a traer conmigo y diciendo entre dientes: ¡tiene narices lo que este hombre lee en la playa!

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