En casa de Antonio Sosa
“Estamos obligados a
olvidar nuestro tiempo si lo que queremos es trabajar de acuerdo con nuestras
convicciones”
-Goethe
en una carta a Schiller, nov de 1797-

Al principio me perdía. Me desviaba en
Coria en vez de en La Puebla. Hasta que aprendí a guiarme por las rotondas,
quiero decir, por los desvaríos artísticos que las corporaciones municipales
tienen a bien infligir a los automovilistas que circunvalan por allí. La que te
recibe a la llegada de La Puebla es literalmente inolvidable: tres grandes
ninots de falla en plexiglás descascarillado (dos de ellos genuflexos y uno
erguido y con capa) escenifican candorosamente el agradecimiento de los
primeros moradores de la localidad al rey Alfonso X el Sabio. En cuanto hice de
ese conjunto de carretera mi faro ya no volví a extraviarme. Era dar media
vuelta, torcer a la izquierda enfilando la cuesta y al poco llegabas a su casa.
La casa de Antonio Sosa es una casa grande que da a dos calles y desde la que
se ve el río muy cerca. Siempre nos citamos allí y las sesiones de
conversaciones –a veces, larguísimas- transcurrían en la planta baja, donde
tiene el estudio. En más de una ocasión hablábamos delante del último dibujo
que estuviera haciendo y, de ese modo, pude asistir a la lenta evolución de
alguno de ellos.
Llegar a La Puebla del Río desde el
centro de Sevilla (donde vivo) es una experiencia un tanto descorazonadora, por
lo que ves y sobre todo por lo que dejas de ver. Hasta que no cruzas el
Aljarafe hacia el poniente todo es un dédalo de circunvalaciones y carreteras
periféricas llenas de tráfico y cercadas por anodinos centros comerciales y un
urbanismo de polígono. Luego, cuando pasas el túnel y tomas para Gelves, la
carretera culebrea entre urbanizaciones achacosas y una sucesión de polígonos
industriales de poco fuste y escasa actividad productiva. El campo apenas
sobrevive y solo a lo lejos, o a lo muy lejos, se entrevé algún olivar, alguna
hacienda, alguna antigua alquería. Nunca el río, que solo se le adivina por la
ringlera de árboles que a veces se dejan ver, por la línea de horizonte, a la
izquierda. Ese Guadalquivir, remoto modelador del paisaje, del que Antonio vive
tan cerca y que tanto le ha acompañado en muchos de sus trabajos.
Siempre he admirado la obra de Antonio
Sosa y cuando tuve la ocasión de conocerlo en persona en la edición de Arco del 2002 a través de nuestra amiga
común Concha Ybarra me impresionó su sencillez de trato y su naturalidad a la
hora de hablar de cuestiones artísticas. Desde ese momento quise ser su amigo y
empecé a seguir su trayectoria con más detenimiento. En alguna ocasión, a lo
largo de estos últimos veinte años, he escrito sobre su obra (breves
consideraciones como a vuela pluma movido por el profundo poder de fascinación
de su imaginería) pero hasta hace dos años no se presentó la ocasión de poder dedicarle un
libro a conciencia, y a fe que creo haber aprovechado la ocasión.
Siempre he pensado que si quieres
fastidiar a un artista solo tienes que explicar su arte. En ese arriesgado
ejercicio de equilibrio me he estado moviendo conscientemente desde que empecé
a acercarme con ojo crítico a las obras de muchos de los artistas a los que
admiro. Por eso he preferido evitar, en lo posible, las explicaciones
categóricas, las conclusiones inapelables que tan mal se llevan con el espíritu
del arte en general y aun peor –pues son incompatibles- con el arte, en
concreto, de Antonio Sosa. Pocos artistas he conocido más libres que Sosa, más
hostiles a las lucrativas estrategias y las inevitables componendas de lo que
podemos llamar el circuito del arte. Una libertad que, desde luego, ha pagado
–y sigue pagándola- cara. Que su singularísima obra esté casi toda guardada en
su casa o en los almacenes de ciertos museos de prestigio nos parece cosa
inaudita y lamentablemente reveladora de la situación por la que pasa el arte
más actual no solo en España.

Es difícil acercarse a la obra de este
artista sin sentir en algún lugar de nuestro cuerpo algo parecido a la
presencia de lo misterioso. Incluso en algunas ocasiones (delante de ciertas
esculturas en madera o en escayola y ceniza) pareciera que estuviésemos
rompiendo un tabú, penetrando en un espacio sagrado y prohibido y
exponiéndonos, así, a un castigo terrible. Y como su propia etimología se
encarga de recordarnos (misterio
viene del verbo griego myein, que
significa “cerrar la boca”) ante el misterio es difícil decir nada, mejor es no
decir nada, aunque para el crítico eso resulte metafísicamente imposible. En
cualquier caso, debería bastar con presenciarlo, asistir a su revelación y poco
más, el misterio se escapa a toda explicación racional. Un poco como la obra de
Antonio Sosa que para el crítico, ya lo hemos apuntado, es un desafío peligroso,
un salto mortal sin red. Uno corre el riesgo de subirse a la parra o de
terminar diciendo tonterías.
En Nietzsche creo que tenemos una vía de
acceso. En un fragmento póstumo de 1888 escribe: “los artistas no deben ver
nada tal como es, sino que lo deben ver más pleno y más simple y más fuerte de
como es. Para eso han de tener en el cuerpo una especie de juventud y de
primavera eternas, una especie de ebriedad habitual”. Si proyectamos la obra de
Antonio Sosa en el tiempo no tardamos en darnos cuenta de que haga lo que haga
intensifica el sentimiento de estar vivo y estimula, en consecuencia, la
capacidad perceptiva del espectador. El efecto que nos causan muchos de sus
dibujos (grandes o pequeños) es, por tanto, de excitación, psíquica pero también
física, una especie de ebriedad. Su
iconografía sobreabundante, a caballo entre el bestiario medieval y el
yacimiento psicoanalítico del recuerdo, posee la capacidad de conectarnos con
las fuerzas subterráneas de la vida, con aquello que Freud llamó, con acierto,
las pulsiones de vida.

Veo a Sosa perfectamente consciente de
que para poder crear algo, en verdad, original y sincero el artista debe
renunciar motu proprio al pensamiento
discursivo y racional y volverlo intuitivo y simbólico. Es la única forma de
superar la diferencia entre tiempo y eternidad. La forma superior de
conocimiento está reservada a la poesía y al arte. Sosa es buen lector de
poetas como Rilke, Lorca o el propio Nietzsche (en el fondo, también poeta) y
no desconoce ciertos textos sagrados hinduistas como el Bhagavad-Gita. Está espiritualmente entrenado, por tanto, para
saber que entre las ideas y las cosas media un abismo y que más allá de la conciencia
solo queda lugar para el misterio. La experiencia artística, como la
experiencia religiosa profunda, nos libera de la cadena del tiempo, alivia la
conciencia de nuestra propia finitud, nos hace creernos superiores. Tengo para
mí que, en el fondo, el arte en Sosa es un camino de autoconocimiento, un medio
para ser mejor persona en el que poder equilibrar el terror de ser hombre con
el prodigio de ser hombre también.
Sé, por haberlo vivido, que en este
libro el artista se ha entregado por completo, se ha vaciado de sí mismo en un
acto de rigurosa y persistente generosidad. Y por ello quedo eternamente
agradecido. Quiero pensar que a partir de ahora si alguien tuviera que
acercarse al personaje y a la persona de Antonio Sosa no tendría más remedio
que leer este libro.