Cuando en 1904 la Estación Central de
Helsinki se quedó pequeña Eliel Saarinen se presentó al concurso de ampliación
y lo ganó. Su primer proyecto provocó un intenso debate público por su acusado
pictoricismo romántico, de tal suerte que el propio arquitecto decidió
modificarlo optando entonces por las formas del Jugendstill austríaco y especialmente por las practicadas por
Olbrich (véase la entrada correspondiente a su Pabellón Secesionista).
Sea como fuere, el resultado final,
además de no dejar indiferente a nadie, originó un monumental edificio de tal
complejidad estilística que ni siquiera los especialistas son capaces de
ponerse de acuerdo a la hora de adscribirlo a una corriente determinada. Si por
la elección de ciertos materiales, como el granito finlandés de rosado tono, o
por los populares cuatro alto relieves de los colosos que enmarcan el gran arco
de entrada se podría leer el edificio como una evocación medievalizante capaz
de aunar tradiciones rurales y motivos regionalistas, también la incorporación
de nuevas tecnologías, el uso de volúmenes masivos y del cristal para cubrir
amplias superficies nos hacen pensar en un intento de reinterpretación del Jugendstill pero de una manera vernácula
y muy personal.
La entrada principal se despliega en
forma de enorme arco escalonado que aparece apoyado, a izquierda y derecha, en
dos anchas columnas rectangulares y dentados en sus extremos. Ocupando buena
parte de la superficie del arco, una gran cristalera de rejilla en cuyo centro
un reloj juega con las geometrías del círculo y del cuadrado. El detalle de esa
especie de diadema alrededor del arco pétreo, así como las cubiertas acanaladas
de las dos columnas, todo ello en cobre verde, no solo funciona como defensa
del edificio frente a las inclemencias del tiempo, sino que consigue un
contraste cromático de una feliz y sutil elegancia. La torre del reloj, de
cerca de 50 metros de altura, corona todo el conjunto edilicio y también está
rematada en cobre verde, subrayando el mismo efecto de contraste.
Y aunque no son obra de Saarinen sino
del escultor Emil Wikstrom, amigo y contemporáneo suyo, me gustaría destacar
los cuatro colosos míticos, probablemente sacados de la imaginería del
“Kalevala”, que sostienen en sus manos unas lámparas esféricas que iluminan de
noche a los viajeros y parecen ofrecer, a todas horas, un cordial y universal
recibimiento.
Como decíamos al principio, es
evidente que esta gramática mixta utilizada aquí por Saarinen empezaba ya a
tender hacia una cierta abstracción formal que se fue simplificando
progresivamente una vez instalado en los Estados Unidos una década y media más
tarde. Allí, tanto él como su hijo, Eero Saarien, lograrán realizar algunos de
los edificios más fascinantes y aerodinámicos del siglo XX.
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Interior de la estacion, entrada principal. |
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