Follow by Email

sábado, 20 de agosto de 2011

Nostalgia de la Conversación

¿Qué ha sido, en nuestro entorno cultural más cercano, de la conversación? ¿Dónde ha ido a parar la deliciosa cháchara que todavía podía disfrutarse en las novelas no tan lejanas de Marcel Proust o Henry James? ¿Se acuerda alguien del encanto de aquel palabreo que al inicio de "En busca del tiempo perdido" ocupaba la ociosa monotonía vital de las viejas tías, hermanas de la abuela del narrador, en el jardín de Combray a la llegada de Swann? ¿Y de aquellos coloquios trepidantes y sutiles sobre arte y vida que conseguían modular la noche parisina en una de las novelas más maravillosas y desatendidas de Henry James como es "La musa trágica"? ¿Alguien se acuerda de todo ello?
¿En qué recóndito escondite desfallecen las civilizadísimas conversaciones en las que se hablaba un poco de cualquier cosa sin necesidad de agotar ningún tema o llevar siempre la razón, sino por el simple y elemental placer de sentirse en compañía? ¿Quién practica hoy la pausada sobremesa en la que se habla y se deja hablar sin mayor importancia sobre cosas que aparentemente no tienen la menor trascendencia?
¿Qué está sucediendo en nuestras costumbres europeas para que todo esto se sienta hoy como una costumbre declinante y un punto veleidosa? Los españoles, sin ir más lejos, que tan extendida fama tenemos de sociables y de pueblo próximo, cuando hablamos entre nosotros, en la barra del bar o en la mesa del café o en reuniones familiares, no tardamos ni dos minutos en subir la voz, imponer nuestras opiniones e interrumpir las de nuestros interlocutores. Y esto mismo he visto también en Italia o en Francia, por poner ejemplos cercanos.
Y a todo ello habría que sumar la desleal y terrible competencia del televisor, sempiterna presencia, siempre vociferante tanto en la cafetería como en nuestro salón-comedor, y que hoy se ve asistida y bárbaramente reforzada por los más variopintos y desagradables sonidos de los teléfonos móviles, siempre encendidos, siempre amenazantes.
¿Quién de nuestras amistades sigue aún hoy practicando la dulce y refinada costumbre de hablar por el gusto de hablar? Hablar a ritmo lento, consciente del tiempo que toma en el otro entender lo que se dice o se quiere decir, atento a las reacciones que despiertan las palabras, con humildad, con curiosidad, deseosos a la vez de convencer y de ser convencidos y, a veces, hasta de ser desmentidos. Y siempre sin darle a nada excesiva importancia.
Me temo que si hacemos la prueba y nos ponemos a investigar no sería esa la sensación que ahora nos llevaríamos. ¿Cuántas veces hemos comprobado que al poco de empezar una conversación con otra o más personas el presumible intercambio de opiniones se ha convertido en un asfixiante combate por certificar sin el más mínimo resquicio de duda las mutuas posiciones?
La obstinación, la incapacidad de aceptar sugerencias del de al lado, la falta de atención a sus palabras suelen ser letales para la charla prolongada y amable. Cuando ocurre el milagro y se produce esa comunión de intenciones, ese disfrute colectivo de la palabra, ese respeto elemental por aquello que sale del interior del otro, el tiempo vuela, se dilata sin apenas conciencia del paso de las horas. Y, poco después, cuando nos hemos despedido parece como si hubiéramos salido de un sueño; o de una novela escrita con parsimonia y delectación por un autor que no temiera amar a sus personajes.

No hay comentarios:

Publicar un comentario