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viernes, 19 de agosto de 2011

Los Nuevos Desheredados se Rebelan (y Londres arde)

No sé si han leído al último James Ballard, al de novelas como Millennium People o Kingdom to Come. Si no lo han hecho, todavía están a tiempo de remediar el despiste y poder, si no entender del todo, al menos enfrentarse a los brutales acontecimientos recientes de Inglaterra y no tan recientes de Francia con algo más de perspectiva y referencias.
Para no horrorizarse con excesiva facilidad del presente conviene estar razonablemente advertido de lo que puede depararnos el inmediato futuro.
Es probable que la literatura no dé información directa de la sociedad en que se produce, pero algunos grandes novelistas del siglo pasado han sido dotados de una imaginación sociológica visionaria. James Ballard fue uno de ellos.
En sus dos últimas novelas ya citadas previó con gran lucidez lo que se avecinaba y ha terminado por ocurrir. Ambientadas en la periferia londinense, en esos terrenos minados como los llama Zygmunt Bauman (muy recomendable su "Modernidad Líquida"), susceptibles de explotar bajo la inesperada presión de un mal paso social, donde se hacinan los nuevos desheredados del capitalismo, embrutecidos a conciencia por los medios de comunicación de masas y abandonados de una educación pública de calidad, que no paran de crecer demográficamente, tanto como su rabia y resentimiento por su incapacidad económica para acceder a los nuevos objetos de deseo. Hablo, naturalmente, de televisores de pantalla plana, consolas, ordenadores y teléfonos móviles de última generación y toda la panoplia de sofisticados y deslumbrantes productos que la tecnología más desarrollada nos ofrece con pertinaz y siempre renovada constancia. Esos frustrados consumidores son los hijos del nuevo proletariado que hoy, en los suburbios de las modernas megalópolis, conforman unas incipientes y amorfas clases medias cada vez más alejadas de los niveles mínimos de consumo.
Comprar o no comprar, esa es la cuestión... Como afirma Bauman "hoy todos somos consumidores (...) por derecho y por deber" y no poder serlo es lo que más alimenta el malhumor, la rabia, la humillación y el resentimiento que terminarán canalizándose, con la excusa de cualquier mal paso del Estado, en un impulso ciego de destrucción y saqueo.
Ballard supo reflejar mejor que ningún otro pensador la mezcla de pobreza y aburrimiento, de sorda frustración y barbarie divertida que puede generarse en ese anonimato suburbial salpimentado de supermercados, boleras y pequeños negocios del tatuaje y del take-away.
Me acuerdo ahora de unas palabras de Pasolini de su última entrevista: "Sé por experiencia que el infierno está a punto de salir de nosotros mismos (...) y esta vez no se conformará con negociar acuerdos políticos de ningún tipo".
Lo que me parece urgente, lo que creo que ya ha llegado es el momento de exigir una reflexión radical sobre la naturaleza de nuestra civilización y, por ejemplo, empezar a analizar la idoneidad de ciertos mensajes nihilistas que desde ella enviamos todos los días.

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