FELIPE ORTEGA REGALADO.
NO SOY YO QUIEN DIBUJA.
El arte de Felipe Ortega Regalado –creo que lo tengo dicho
aunque con palabras distintas-, sensible antes que inteligible, parece surgir
como compensación de la pérdida de la transcendencia y del consiguiente
desencantamiento del mundo. Es, así, un arte con carisma, no tanto a la manera weberiana[1],
sino más bien como los griegos entendían el concepto de kharisma, etimológicamente como un “don de la gracia”. Término que
amalgama lo sagrado y lo profano y que, por operar en esa doble dimensión, me
parece idóneo para resaltar el que considero principal rasgo del arte de FOR.
La vindicación efectiva de la sensibilidad y de la fantasía,
generadoras ambas de un inagotable catálogo de formas, colores, texturas y
organismos de imposible fundamento, distingue el mundo figurativo de nuestro
artista a la vez que consigue burlar la lógica reductora y uniformadora del
principio de realidad. Lo que, en efecto, parece anidar en el arte de FOR es una
decidida voluntad de estetizar la vida. Y es bien sabido que a fuerza de
estetizar el arte se acaba, sin apenas esfuerzo, por estetizar la realidad
misma. Es una de las más filantrópicas virtualidades de la sensibilidad, pues
lo sensible nos ofrece a los seres humanos actuales un asilo de serenidad, un
consuelo, no por parcial menos precioso, de la doble condena de estar obligados
a chapotear en la corriente de una historia irremediablemente trágica y de
vernos desposeídos de una naturaleza que ha tenido que asumir su degradación y
renunciar a su antigua sacralidad.
Así como los seres humanos nos servimos de las palabras para
hacer del caos un cosmos, FOR se sirve de su peculiar e imaginativa gramática
de las formas para levantar un maravilloso inventario natural capaz de permutar
lo ordinario de lo existente por lo extraordinario de lo imaginado, a la manera
de los hermosos bestiarios medievales, que precisamente por su condición de “mágicos
inventos” subliman y, al tiempo, ensanchan el principio de realidad. Podríamos litigar
ad aeternum sobre si el arte, en sus
distintas manifestaciones, debe aportar un significado o un mensaje moral a
quien lo recibe y fenecer en esas tediosas conjeturas. El dibujo poético de FOR
resulta, casi por definición, sugestivo, metafórico, polisémico, precisamente
porque su sustancia nutriente ni
transmite contenidos premeditados ni tiene voluntad de información y, mucho
menos, de lección. Los artistas-poetas se distinguen por aludir a algo distinto
de lo que sus imágenes, líneas, colores o palabras parecen expresar en primera
instancia. Sus obras remiten a una belleza inasible, inexpresable, por venir y,
sin embargo, coherente, cierta, que posee la consistencia de una ficción de Borges o de un arabesco de
Otto Runge. Cuando la belleza se comunica a través de una forma autónoma y
sensible abandona su tendencia a la simulación y nos conduce hacia un nuevo
ámbito de sentido que termina por interrogarse sobre sí mismo. La poética
visual de FOR es, en este sentido, paradigmática: potencia el sentido de la
realidad sin necesidad de simularla o reproducirla. Y al hacerlo, consigue
materializar un mundo más verdadero
que el que nos ofrece la propia percepción de lo existente. Esta dimensión de
lo bello como un lugar inclasificable, en el que no hemos estado nunca pero
conocemos desde siempre, es también lo que le hace decir a un artista como él
que no es él quien dibuja su obra sino “una inteligencia magnánima”, la misma
que guarda la memoria de lo hecho, una inteligencia que no es más que el mismo
hacerse mientras se hace, y que es capaz de iluminar, como un relámpago en la
noche, aquello que llevamos dentro sin saber que lo llevamos.
[1] El pensador alemán Max Weber, que descubrió el término en la obra del historiador de las religiones Rudolph Shom, lo introdujo con notable rendimiento en el acerbo de la Sociología, otorgándole una dimensión profana y social.
No hay comentarios:
Publicar un comentario