martes, 20 de septiembre de 2011

Proverbios Elementales (de varia índole)

Suele ocurrir que lo difícil no es conseguir lo que se quiere, sino algo necesariamente anterior: descubrir qué se quiere.



A despecho de la posmodernidad, el placer o la violencia no convierten cualquier cosa en arte y por mucho que se empeñe Carmen Calvo no es lo mismo Valentino que Vittorio & Luchino.


 

domingo, 18 de septiembre de 2011

Andrés Serrano, explorador de límites

Hubo un tiempo en que estuve muy interesado por la muerte. Quiero decir, por algunas representaciones artísticas que de la muerte se han producido en estas últimas décadas. Me propuse entonces revisar el trabajo de determinados artistas razonablemente representativos de nuestra cultura. Lo que desde primera hora intenté evitar fueron los ejercicios banales o demasiado artificiosos y sensacionalistas y también los descaradamente autorreferenciales. No me interesaba tanto el drama de la muerte como su serena y desapasionada reflexión. Así fue como descubrí la obra de Andrés Serrano. Una obra que, debo confesarlo, me impresionó por su hipnótica capacidad de evocación. Y en concreto su serie de The Morgue (Cause of Death) de 1992, donde su cámara convierte la muerte moderna (que suponemos terrible al leer el título que acompaña a cada foto) en imágenes de perturbadora belleza, muy ligadas a la historia del arte.
De este inicial entusiasmo mío surgieron dos trabajos que me tuvieron ocupado algún tiempo: Andrés Serrano: el cuerpo despojado y Nuevas encarnaciones de la muerte: Andrés Serrano. El primero apareció en el número 3 de la revista Red Visual (www.redvisual.net) mientras que el segundo fue publicado en las Actas de las primeras Jornadas de Arte Contemporáneo Combinarte, auspiciadas por el Ayuntamiento de Alcalá de Guadaira en 2006.
En estos días he leído en un periódico italiano lo que ya tuve que leer, en demasiadas ocasiones anteriores, en otras revistas y periódicos de América, Francia o España. Que una exposición suya se presenta con polémica y hasta con escándalo. Visto en perspectiva parece como si siempre alguien lo buscara, si no el artista quizá acaso sus promotores o intermediarios sociales.
Desde que el timorato senador D´Amato se dedicara a pasear por todas las dependencias del Senado de los Estados Unidos que pudo a su "sacrílego" Piss Christ (una tan bella como inquietante fotografía de un crucifijo sumergido en orina), allá por los años 80 del siglo pasado, el escándalo persigue a Serrano. Ahora, por lo visto, la ocasión se presenta en Milán y la causa son sus Holy Works (Obras Sagradas) en los que el fotógrafo de origen hispano nos propone de nuevo una interpretación sui generis de la iconografía cristiana en la que revisa motivos tan conocidos como La Última Cena o La Virgen con el niño. Y esta vez la controversia la genera el pequeño detalle de que su Madonna se inspira en un crimen. Un crimen que hizo correr ríos de tinta en 2008. El caso de Casey Anthony, una joven madre acusada de matar por asfixia a su pequeña hija de apenas dos años y medio. Como ya ocurriera con sus célebres Cristos y Madonnas sumergidos en orina o sangre y, años después, con sus cadáveres anónimos de la morgue neoyorkina, también ahora sus imágenes buscan la belleza y la emoción. Y a fe que vuelven a alcanzarlas.
Sólo conociendo algunas circunstancias extraartísticas (informaciones y experiencias desencadenantes, materiales de trabajo, títulos entre paréntesis) podría, en cierta medida, entenderse la polémica. Aunque yo hablaría más bien de incomodidad, de cierta angustia, las cuales, por cierto, suelen estar radicadas en aquello que no se ve o está dicho entre paréntesis.


En el caso de The Morgue esto resulta clarísimo: la leyenda que cada fotografía llevaba adjunta es lo que hacía que esos cuerpos nos resultaran tan incómodos para la mirada. Así se daba la paradoja de que en esos paréntesis técnicos descansa la única posibilidad de individuidad, de convertir a esos muertos en individuos, aunque fuera demasiado tarde para ellos. Individuos como si dijéramos post mortem.
En Holy Works Serrano, además, vuelve a colocarse conscientemente tras la estela de su tradición artística que es, sin duda alguna, de raigambre europea y católica. Los homenajes a Piero della Francesca, Leonardo o Caravaggio son evidentes. Esta voluntad de reelaboración y actualización de la iconografía clásica católica fue uno de los aspectos que estudié y analicé en Nuevas Encarnaciones de la Muerte, mi ponencia ya citada, en la que amén de desvelar algunas de sus fuentes me propuse demostrar que Serrano es un serio y minucioso lector e intérprete de imágenes de la historia del arte occidental. Y, al mismo tiempo, un artista que no se arredra a la hora de explorar los límites de dicho arte desde una concepción religiosa.
"Creo en un arte vivo, que respira y late con la sangre, que eleva, que trasciende y transforma. Y, sobre todo, creo en un arte que avanza sin miedo por territorios nuevos e inexplorados (...) Creo en mí mismo, en Dios y en Jesucristo. Pero lo hago intentando evitar los fanatismos". Esta suerte de credo, de declaración de principios es del propio artista y puede interpretarse como una respuesta defensiva a los últimos ataques sufridos.
En Europa ha sido nada menos que el influyente y generalmente lúcido Jean Clair (exdirector del Museo Picasso de París) quien ha vuelto a poner en el punto de mira de la crítica a nuestro fotógrafo neoyorkino. Clair, a cuenta de la promoción de su último ensayo El invierno de la cultura, ha declarado que "artistas como Serrano, Orlan o Sherman hacen con sus obras el elogio de la espontaneidad y la violencia (...) Ellos son fieles representantes de uno de los escenarios actuales del arte: el subjetivismo narcisista, basado en la exhibición de los desechos del cuerpo".
Sin entrar en el fondo de la fundamentación de sus críticas que, por lo demás, no difieren mucho de lo que ya denunciara otro francés, Gilles Lipovetsky, hace más de veinte años, creo que meter en el mismo saco a Andrés Serrano y a una artista como Orlan es una clara torpeza metodológica. Nada tiene que ver la refinada sensibilidad de Serrano, cuya elaboradísima obra siempre ha estado concebida desde una impasibilidad poco dada al sentimentalismo o al phatos y en permanente búsqueda del aura perdida, con las fotografías autohíbridas y las esculturas escenográficas de Orlan, todas ellas más cercanas al diseño gráfico que al gran arte.
Hay que violentar demasiado el aliento que impulsa la obra de Serrano para poder hablar de "exaltación de la violencia o de la monstruosidad". Para eso ya existen fotógrafos como  Joel Peter Witkin, por poner un ejemplo.
Si por algo parecen seguir apostando en estos desacralizados tiempos las imágenes de Andrés Serrano es por la capacidad de emocionar e iluminar que en el verdadero arte siempre ha habitado.

martes, 13 de septiembre de 2011

Rock & Dios

Que Dios es ubicuo o, en un lenguaje más rockero, que está hasta en la sopa lo canta el hecho de que el mismo Dios tiene mucho que ver en el nacimiento, precisamente, del rock (esa música del diablo, como sin embargo algunos la interpretaron).
Me explico: si el rock empezó a dar sus primeras sacudidas en unas pocas salas de baile y algunos rudimentarios estudios de grabación del rancio y profundo sur de los Estados Unidos -y no, por cierto, en el burgués, cosmopolita y más desinhibido norte- ¿no será porque esa tierra era un idóneo caldo de cultivo para que aquellos jóvenes que lograron salir con vida de la 2ª Gran Carnicería Mundial pudieran desfogar su angustia y rabia vitales a través de los sincopados ritmos de una nueva música?
No deja de resultar llamativo que los pioneros del rock and roll fueran hijos de familias pías, racistas, básicamente analfabetas y bastante proclives al bourbon. Familias como las de Elvis Presley en las que se recitaba de carrerilla muchos pasajes de la Biblia y donde la cita con la iglesia los domingos y fiestas de guardar era una responsabilidad contraída sin rechistar.
Iglesias a las que se iba a pedir a Dios un puesto de trabajo en esos tiempos difíciles y, entre tanto, algo de solidaridad que llevarse a la boca a sus sacerdotes y adeptos. Y todo ello se aderezaba con cánticos que evocaban a los de los antiguos negros de las plantaciones.
Entonaciones y armonías vocales cada vez más elaboradas, siempre junto al púlpito, que más tarde y con gran aprovechamiento utilizarían The Byrds, The Mamas & The Papas o los dulcísimos Simon & Garfunkel, por poner sólo ejemplos canónicos.
¡ Y qué decir de sus mitos fundacionales! Elvis, Jerry Lee Lewis, Johnny Cash, Fats Domino, todos ellos más sureños y católicos que la Blanca Paloma.
Hasta en los mismísimos Dylan o Bruce Spingsteen se puede rastrear una abierta iconología católica que va desde el rosario y la cruz hasta la factura musical de sus canciones más célebres (Like a rolling stone, Thunder road) que funcionan como verdaderos himnos de trance, con efectos purificadores en la masa enfervorizada.

sábado, 3 de septiembre de 2011

el blues de San Luis de Peter Cincotti

William C Handy, uno de los que puede sin disputa reclamar derechos de paternidad del blues, la escribió tan lejos como en 1914 y en seguida se convirtió en uno de los temas imprescindibles del repertorio clásico del jazz.
En la larga carrera de relevos de este tema el penúltimo testigo lo ha recibido el joven Peter Cincotti, probablemente el más prometedor y sugestivo entre los músicos de jazz de su generación. Formado como pianista de una forma prácticamente autodidacta perfeccionó su técnica con destacados maestros renovadores del jazz como David Finck o James Williams en su Nueva York natal y ya cuenta  con premios tan importantes como los del festival de Montreux y éxitos como el haber sido número 1 en el Billboard Traditional Jazz Charts.
Su versión del St Louis Blues la encontraréis en su album On the moon de 2004. Disfrutad del estimulante video que no desmerece la brillante inteligencia musical que rezuma la canción.

jueves, 1 de septiembre de 2011

Momentos de Felicidad

El paseo largo y lento de una sinfonía de Mahler por la tarde,
los amores ligeros susurrados como libertinos pasatiempos de Fragonard,
la cautivadora sencillez de una rima descolgada y anónima del viejo romancero,
las cimbreantes caderas de las ménades de fino velo y rebelde cabellera...
Pero nada como la felicidad de un melocotón en la boca
o de yacer en cruz en un mar cálido y en calma.

martes, 23 de agosto de 2011

la sombra del ángel

El sol ya declinaba y lamía con suavidad las grandes superficies y los pequeños volúmenes. Yo lo vi desde lejos, cuando me bañaba solo como todas las tardes de esa semana de julio en la playa de Caçela Velha. Lo vi bajar de una nube sin apenas movimiento de alas. Corrí hacia mis cosas porque me acordé enseguida de que en la mochila había metido la cámara de fotos. Lo hice sin pensar, casi como un acto reflejo. Me acerqué lo que pude pero con prudencia, sin querer ahuyentarlo. Y le hice la foto. Él estaba de espaldas, yo no sé qué miraba pero sus pies apenas rozaban la arena mojada.
Y después de apretar el botón ya no estaba. Fue apenas un segundo, el que se tarda en bajar la cámara del rostro. Levanté la cabeza, miré a todas partes pero ya no estaba.
Cuando quise comprobar la foto en el visor esto fue lo que hallé: era él, pero sólo su sombra.

sábado, 20 de agosto de 2011

El what a difference a day made de Ernestine

Lo han cantado grandes voces como las de Dinah Washington, Esther Phillips o Sarah Vaughan pero ninguna con tan seductora sofisticación como Ernestine Anderson.
Es curioso que después de haber grabado más de 32 albumes, haber actuado en los mejores festivales de jazz que en el mundo hay y de haber sido nominada, al menos que yo sepa, en cuatro ocasiones a los Grammy Ms. Anderson siga siendo apenas reconocida en España.
Creció oyendo gospel en Houston (Texas) allá por los años treinta y, sin embargo, no fue hasta 1958 y en un lugar tan aparentemente distante del jazz como Suecia que grabó su primera colección de canciones en solitario. Desde entonces su estrella no ha dejado de brillar en el firmamento del jazz, con más fortuna en Europa que en su propio país por extraño que esto pueda parecer.
Su versión de este célebre tema, que muy pocos saben que fue escrito originariamente en español por la compositora mexicana María Méndez (Cuando vuelva a tu lado se llama en español) es sencillamente insuperable.




Nostalgia de la Conversación

¿Qué ha sido, en nuestro entorno cultural más cercano, de la conversación? ¿Dónde ha ido a parar la deliciosa cháchara que todavía podía disfrutarse en las novelas no tan lejanas de Marcel Proust o Henry James? ¿Se acuerda alguien del encanto de aquel palabreo que al inicio de "En busca del tiempo perdido" ocupaba la ociosa monotonía vital de las viejas tías, hermanas de la abuela del narrador, en el jardín de Combray a la llegada de Swann? ¿Y de aquellos coloquios trepidantes y sutiles sobre arte y vida que conseguían modular la noche parisina en una de las novelas más maravillosas y desatendidas de Henry James como es "La musa trágica"? ¿Alguien se acuerda de todo ello?
¿En qué recóndito escondite desfallecen las civilizadísimas conversaciones en las que se hablaba un poco de cualquier cosa sin necesidad de agotar ningún tema o llevar siempre la razón, sino por el simple y elemental placer de sentirse en compañía? ¿Quién practica hoy la pausada sobremesa en la que se habla y se deja hablar sin mayor importancia sobre cosas que aparentemente no tienen la menor trascendencia?
¿Qué está sucediendo en nuestras costumbres europeas para que todo esto se sienta hoy como una costumbre declinante y un punto veleidosa? Los españoles, sin ir más lejos, que tan extendida fama tenemos de sociables y de pueblo próximo, cuando hablamos entre nosotros, en la barra del bar o en la mesa del café o en reuniones familiares, no tardamos ni dos minutos en subir la voz, imponer nuestras opiniones e interrumpir las de nuestros interlocutores. Y esto mismo he visto también en Italia o en Francia, por poner ejemplos cercanos.
Y a todo ello habría que sumar la desleal y terrible competencia del televisor, sempiterna presencia, siempre vociferante tanto en la cafetería como en nuestro salón-comedor, y que hoy se ve asistida y bárbaramente reforzada por los más variopintos y desagradables sonidos de los teléfonos móviles, siempre encendidos, siempre amenazantes.
¿Quién de nuestras amistades sigue aún hoy practicando la dulce y refinada costumbre de hablar por el gusto de hablar? Hablar a ritmo lento, consciente del tiempo que toma en el otro entender lo que se dice o se quiere decir, atento a las reacciones que despiertan las palabras, con humildad, con curiosidad, deseosos a la vez de convencer y de ser convencidos y, a veces, hasta de ser desmentidos. Y siempre sin darle a nada excesiva importancia.
Me temo que si hacemos la prueba y nos ponemos a investigar no sería esa la sensación que ahora nos llevaríamos. ¿Cuántas veces hemos comprobado que al poco de empezar una conversación con otra o más personas el presumible intercambio de opiniones se ha convertido en un asfixiante combate por certificar sin el más mínimo resquicio de duda las mutuas posiciones?
La obstinación, la incapacidad de aceptar sugerencias del de al lado, la falta de atención a sus palabras suelen ser letales para la charla prolongada y amable. Cuando ocurre el milagro y se produce esa comunión de intenciones, ese disfrute colectivo de la palabra, ese respeto elemental por aquello que sale del interior del otro, el tiempo vuela, se dilata sin apenas conciencia del paso de las horas. Y, poco después, cuando nos hemos despedido parece como si hubiéramos salido de un sueño; o de una novela escrita con parsimonia y delectación por un autor que no temiera amar a sus personajes.

viernes, 19 de agosto de 2011

Los Nuevos Desheredados se Rebelan (y Londres arde)

No sé si han leído al último James Ballard, al de novelas como Millennium People o Kingdom to Come. Si no lo han hecho, todavía están a tiempo de remediar el despiste y poder, si no entender del todo, al menos enfrentarse a los brutales acontecimientos recientes de Inglaterra y no tan recientes de Francia con algo más de perspectiva y referencias.
Para no horrorizarse con excesiva facilidad del presente conviene estar razonablemente advertido de lo que puede depararnos el inmediato futuro.
Es probable que la literatura no dé información directa de la sociedad en que se produce, pero algunos grandes novelistas del siglo pasado han sido dotados de una imaginación sociológica visionaria. James Ballard fue uno de ellos.
En sus dos últimas novelas ya citadas previó con gran lucidez lo que se avecinaba y ha terminado por ocurrir. Ambientadas en la periferia londinense, en esos terrenos minados como los llama Zygmunt Bauman (muy recomendable su "Modernidad Líquida"), susceptibles de explotar bajo la inesperada presión de un mal paso social, donde se hacinan los nuevos desheredados del capitalismo, embrutecidos a conciencia por los medios de comunicación de masas y abandonados de una educación pública de calidad, que no paran de crecer demográficamente, tanto como su rabia y resentimiento por su incapacidad económica para acceder a los nuevos objetos de deseo. Hablo, naturalmente, de televisores de pantalla plana, consolas, ordenadores y teléfonos móviles de última generación y toda la panoplia de sofisticados y deslumbrantes productos que la tecnología más desarrollada nos ofrece con pertinaz y siempre renovada constancia. Esos frustrados consumidores son los hijos del nuevo proletariado que hoy, en los suburbios de las modernas megalópolis, conforman unas incipientes y amorfas clases medias cada vez más alejadas de los niveles mínimos de consumo.
Comprar o no comprar, esa es la cuestión... Como afirma Bauman "hoy todos somos consumidores (...) por derecho y por deber" y no poder serlo es lo que más alimenta el malhumor, la rabia, la humillación y el resentimiento que terminarán canalizándose, con la excusa de cualquier mal paso del Estado, en un impulso ciego de destrucción y saqueo.
Ballard supo reflejar mejor que ningún otro pensador la mezcla de pobreza y aburrimiento, de sorda frustración y barbarie divertida que puede generarse en ese anonimato suburbial salpimentado de supermercados, boleras y pequeños negocios del tatuaje y del take-away.
Me acuerdo ahora de unas palabras de Pasolini de su última entrevista: "Sé por experiencia que el infierno está a punto de salir de nosotros mismos (...) y esta vez no se conformará con negociar acuerdos políticos de ningún tipo".
Lo que me parece urgente, lo que creo que ya ha llegado es el momento de exigir una reflexión radical sobre la naturaleza de nuestra civilización y, por ejemplo, empezar a analizar la idoneidad de ciertos mensajes nihilistas que desde ella enviamos todos los días.

martes, 16 de agosto de 2011

Consejos para una Nueva Crítica Literaria

1. No perder de vista que el autor es el responsable principal de aquello que el texto comunica y, a la vez, el garante de su estructura narrativa.
2. No dar demasiada importancia a la persona física y concreta del autor, ni tampoco a sus sentimientos ni opiniones personales.
3. Analizar, en primera instancia, las relaciones entre el autor y su texto y luego, si procede, entre el texto y el posible perfil del lector que lo aborda en cada época.
4. Olvidarse de cierta crítica francesa de la segunda mitad del siglo XX que proponía la eliminación del autor como si la obra fuese un absoluto, como si el lenguaje fuese una estructura autoregulada y gozase de una vida autónoma constituyendo su única realidad.
5. Desconfiar de la "teoría de la receptividad" porque en la práctica los análisis orientados al lector no suelen ser muy productivos.
6. Huir como de la peste de los métodos críticos más en boga hoy en los EEUU y en ciertas universidades europeas de escasa tradición cultural tales que los llamados postcolonial studies o cultural studies que se entretienen en estériles cuestiones de género desde unos enfoques a menudo feministas, raciales y/o sexuales. Todos ellos, beneméritos esfuerzos en el mejor de los casos, tienen mucho menos que ver con la crítica literaria que con ajustes de cuentas y desahogos de traumas personales.