Esta pieza es maravillosa. Amelia se llama y es creación del grupo de danza contemporánea La La La Human Steps, canadienses a los que sigo todo lo que puedo desde que los descubrí en una gloriosa tarde de verano en Edimburgo, allá por el año 1991. Una más de las epifanías poéticas de las que diariamente doy gracias a los cielos. Ellos son para mí la danza moderna: precisión técnica y belleza formal.
martes, 19 de abril de 2011
Pintores del XX: Balthus
¿Qué clase de espacio es aquel que separa a un hombre de sus semejantes y le convierte en un ser singular o en un solitario o en ambas cosas a la vez? Habría que dominar la gramática de los estímulos y las experiencias vitales para saberlo, pero de lo que no cabe duda es de que la plasticidad del cerebro de Balthus es repelente a cualquier clasificación o encasillamiento artístico. Si la pintura de este asceta aristocrático soporta algún adjetivo a su lado es el de atemporal.
Balthus, sin duda, se cuenta entre los más destacados pintores del siglo XX que ha pasado por su tiempo sin mostrar el más mínimo interés por tratar los mitos de su contemporaneidad. Por el contrario, volcó desde joven sus energías en aprender de los primitivos maestros italianos a ser invisible. A fuerza de hacer una pintura no actual y sólo atenta a la luz y sus múltiples fosforescencias, lo logró.
Asimilación de los grandes maestros del pasado y un respeto natural por las cosas tangibles e intangibles de este mundo. "Hoy se habla más de pintores que de pintura" dijo de nuestra época, que no era exactamente la suya. Cuando se vuelva a hablar más de pintura que de pintores se le pondrá en el alto y definitivo lugar que por mérito le corresponde.
lunes, 18 de abril de 2011
Pintores del XX: Hopper
Al igual que cuando pasamos por un campo de girasoles pensamos en Van Gogh, si entramos en alguna anónima y desangelada habitación de hotel se nos aparece Edward Hopper. Su curiosa y analítica mirada acuñó esa imagen, hoy ya universal, de la mujer pensativa y sola en un cuarto tan lóbrego como ajeno.
Hopper tuvo una sensibilidad especial para percibir los entresijos más vulnerables del alma humana. Por eso, el tema que atraviesa su obra es la soledad. La soledad que se infiltra como una negra sombra por la ventana abierta a la noche urbana. Otras veces, en cambio, en un pintor tan preocupado de los efectos lumínicos, lo que entra es la luz del sol y la brisa marina de Cape Cod por la mañana.
Sorprende que sea Edward Hopper, un pintor en el fondo afrancesado y postimpresionista, el artista que mejor ha sabido descifrar las peculiaridades de la Norteamérica contemporánea: la incomunicación metropolitana, el alienante trabajo de oficina y el viaje como posible escapatoria o modo de vida alternativo. Quizá esto explique que el cine y la publicidad hayan saqueado tan a menudo su obra, desde Hitchcock en Psicosis hasta Ralph Lauren en sus anuncios de jóvenes esbeltos en veleros de recreo. Sin embargo, en sus personajes palpitan demasiadas cosas nuestras de las que casi nunca tenemos ganas de hablar. Quizá por eso sus personajes están tan solos.
viernes, 15 de abril de 2011
Pintores del XX: Klee
Los más frescos y emocionantes paraísos infantiles del XX están recreados en las telas, papeles y cartulinas del Paul Klee. Y no deja de ser paradójico que hayan salido de la mente de uno de los pintores más agudamente reflexivos de la historia reciente de la pintura. Klee huyó a conciencia del legado clásico de Grecia e Italia para refugiarse en el bárbaro poder de la imaginación. La luz de África le ayudó a ver que el mundo que sus ojos registraban, el mundo fenoménico, no era el único mundo posible. Y se dispuso a dar cobijo en su obra a las otras realidades: la subjetiva, la poética, la espiritual.
Como dijera Tristan Tzara, "el arte, en la infancia del tiempo, fue plegaria". Así, en los delicadísimos fetiches de Klee palpitan las oscuras potencias del cosmos, vibrantes de color, ejecutando el milagro de la visualización. Klee debió de pensar que como el mundo ya existía no tenía sentido volver a hacer una réplica de él. Y se dedicó en cuerpo y alma a escarbar en las esencias más puras de la realidad. Por eso sus obras nos hablan del inconsciente con una pasmosa voluntad de mantenerse fuera de este mundo. Misterioso, alegórico, analógico, Klee es en la pintura alemana "la salida de la luna en el Sur".
miércoles, 13 de abril de 2011
Pintores del XX: Soutine
Las manos de Soutine eran huesudas y delicadas e impresionaban a los que las miraban, pero él, en sus autorretratos, nunca se pintó las manos. Las de los demás las retrató una y otra vez con ahínco y devoción. Manos de pasteleros, botones y camareros, niñas de primera comunión y monaguillos. Gente de la calle, un poco desamparada y otro tanto enajenada bajo el uniforme propio de sus oficios. Todas ellas instrumentos del anonimato, formando una orquesta policroma y espeluznante de menesterosos y perdedores entre los que, si alguna vez bajáramos la guardia, podríamos descubrirnos a nosotros mismos.
Soutine fue uno de ellos y, en su atormentada existencia, nunca quiso olvidarlo. Pintor visceral, el más imprescindible de todos los expresionistas, se dedicó a dispararnos paisajes al alma, estrellándolos contra la tela como los de Céret, en los que la naturaleza parece en estado de permanente conmoción. Paisajes de cielos imposibles de belleza que nos siguen asombrando y conmoviendo como cuando la primera vez. Enfermo del estómago, terminó pintando lo que no podía comer, en una suerte de ejercicio compensatorio donde el pincel en el lienzo sustituye al tenedor en la boca.
martes, 12 de abril de 2011
Pintores del XX: Derain
Cuando el fauvismo era el último juguete de las fieras, Derain se encerró en la jaula a jugar con ellas. Luego, conoció a Picasso y le ofreció de balde el rico yacimiento de la primitiva talla africana que el malagueño explotó a su antojo ya desde las mismas Señoritas de Avinyó. Una vez pudo salir de "la más colosal, sanguinaria y mal planteada carnicería que en el mundo había habido", según opinión de Hemingway sobre la Gran Guerra, su alma y su obra se vieron obligadas a rehacerse por completo y buscaron acomodo y consuelo en el ejercicio de una nueva clasicidad que pudiera ofrecer algunas pocas certezas. Esta vuelta al orden hizo de aquel joven enfebrecido por el color, un hombre melancólico y un punto descreído.
Sus retratos y desnudos rezuman introversión y casi nunca miran de frente quizá porque enfrente no hay nada interesante que mirar. Miradas que jamás se fijan en quien las contempla, esquinadas o absortas, parecen fuera de este mundo. Bodegones que son lecciones de austeridad, paisajes tan bellos como amargos. Es imposible, una vez vistos, librarse de ellos.
La sombra ancha y oscura de Derain, después de cincuenta años bajo tierra, todavía nos alcanza y nos refresca.
lunes, 11 de abril de 2011
Égloga de la Tarde
(Me gustaría mucho que el poema pudiera leerse con la música de Einaudi de fondo, y que la lectura y la audición se fundieran como la lluvia fina en el mar)
Cae la luz pulimentada de este atardecer
Cae la luz pulimentada de este atardecer
tan puro. Los niños del campo
hacen silbatos con los tallos huecos
de las ortigas y absorben el néctar
de las flores.
Quisiera perderme en esta república de sombras
y abandonarme a los sentidos y no regresar.
¿Qué hora es en la penumbra?
¿Quién me liba estos besos al oído?
¿Qué artilugio puede enfrentarse
a la terca eternidad de este momento?
No arrulla ya la tórtola ni canta el mirlo
ni bajan los barcos por el río...
Quisiera hacerme un manto de hojas secas
y acurrucarme en un hueco de la tierra
y abrazarme al viejo sauce y esperar
a que vengan a buscarme las tinieblas.
Blandura en el Atardecer: Joaquín Sáenz
Corría el año 2007 y el Museo de Alcalá de Guadaíra organizaba una retrospectiva de buena parte de las marinas gaditanas de Joaquín Sáenz. Con tal motivo fui invitado a comentar uno de los cuadros allí presentes dentro del ciclo Contar un Cuadro que los gestores del Museo llevaban a cabo. Elegí Blandura en el atardecer que ya desde su mismo título me atrajo. No tengo reproducción del cuadro y lo siento de veras. A cambio he elegido una panorámica de playa con casetón, también de la zona de Conil, donde el artista ha pintado tanto y con tanta devoción. Lo que allí dije es algo parecido a lo siguiente:
Soy consciente de que el gusto por la pintura es un placer anacrónico. Y no veo ninguna razón para avergonzarme de tal afirmación, al fin y al cabo la mayoría de nuestras ocupaciones predilectas, si lo pensamos bien, son ya placeres anacrónicos: el gusto por la lectura reposada, los paseos por parajes idílicos, el disfrute de los objetos nobles y bellos o el ejercicio de las buenas maneras; todas ellas costumbres anacrónicas…
Pero, al menos, el anacronismo tiene la ventaja de que no hace daño. En cambio, no estoy tan seguro de que la creciente incapacidad de saber deleitarse con las bellas artes, aún siendo muy contemporánea, no sea dañina al espíritu y a la sensibilidad, si es que todavía hoy pueden utilizarse estas palabras sin ser inmediatamente acusado de reaccionario.
En una época en que Dios es historia y la pintura agoniza lentamente en los Museos y galerías de arte contemporáneos, no tiene nada de raro que unos pocos no tengamos demasiados motivos para la esperanza. No hace falta ser un lince para detectar que nuestros jóvenes estudiantes, dominados por una especie de hipnosis masiva, no tienen la más mínima intención de desatender sus muchas ocupaciones electrónicas, consumistas, deportivas y copulativas para, por ejemplo, encontrar un buen rato para el disfrute de la pintura o la poesía. Sólo pensarlo ya nos produce un cierto sonrojo. Y podemos juzgar que “peor para ellos”, quizá a alguno le sirva de consolación. Lo malo es que también es peor para nosotros.
Ya sé que la pintura no ha sido nunca un arte democrático (ni falta que le hace) pero nunca como ahora ha estado tan desconectada de las preocupaciones e intereses de los ciudadanos. Que las grandes y mediáticas exposiciones de pintura canonizada se vean asaltadas por ejércitos de pacientes y desocupados visitantes no debiera confundirnos. Son entretenimientos gratis o mucho más baratos que el Centro Comercial, sobre todo si vas con los niños. Y además, suelen estar bien refrigerados en verano y calentitos en invierno. El interés por los contenidos y la curiosidad por conocer mejor las motivaciones creativas del artista es ya otro cantar. Y no seré yo quién los culpe por eso. En realidad, nadie se ha tomado en serio su formación estética y lo verdaderamente milagroso es que, a pesar de su desconocimiento, sigan yendo a pasar el tiempo ojeando cuadros en vez de estar viendo la televisión, navegando por Internet o practicando pilates.
La pintura de Joaquín Sáenz está lejos del ruido del mundo moderno. Contemplativa y absorta en los ritmos lentos pero constantes de la Naturaleza.
Si han visto la Exposición que sobre su obra el Museo de Alcalá nos ofrece se darán cuenta de que sus vistas son traslaciones al plano de la tela de una mirada atmosférica, abarcadora y bondadosa; y todas ellas, variaciones sobre un mismo tema: el paisaje natural.
Evidencian una dicha, un estado de ánimo muy próximo a la beatitud y el recogimiento. Aunque el pintor elija para ello el tono melancólico, tan propio de las horas inciertas, cuando la luz empieza a confundirse con las sombras, sus amplios paisajes nos revelan un idilio con lo dado, con aquello que ha estado ahí mucho antes de que nosotros llegáramos para verlo y cuya existencia no depende de nuestra voluntad ni de nuestra mano.
Si se fijan notarán una distancia natural frente a lo creado, la Naturaleza. El pintor opera desde fuera, no desea penetrar en su objeto. Primero, la mirada lo contempla con sosiego. Y después, la mano, igual que haría un demiurgo, realiza el prodigio de hacerlo aparecer.
Una operación de marcado carácter impresionista, que busca a veces la pincelada rápida y otras, la de largo recorrido, pero siempre en función de la mancha de color capaz de elaborar una superficie rica, culinaria, que en buena parte renuncia a la tarea de analizar la lógica constructiva de la obra prefiriendo la pincelada sensación.
Hay en estos paisajes de Sáenz un permanente interés por los estados transitorios de la luz (atardeceres, amaneceres, días grises o nublados) como ocurre muy a menudo en los lienzos de Monet.
A diferencia, sin embargo, de lo que en ocasiones vemos en Monet, en los paisajes de Joaquín Sáenz se huye premeditadamente de la anécdota. En las escenas fluviales de Giverny o Argenteuil del maestro francés nos solemos encontrar con distintas figuras humanas. En las playas y los campos de Sáenz no hay nada más que tierra, mar y cielo. Son paisajes huérfanos de hombre, empeñados exclusivamente en comprender las simbiosis naturales, esos abrazos en el horizonte de los cielos con las aguas y esos besos del agua con la arena. ¿Es aquí el mar el que arropa a la tierra o es la playa la que ampara al océano?
Sáenz nos acerca, desde la sobriedad expresiva y el repudio del sentimentalismo o el heroísmo, al esquivo misterio de las cosas. Por medio de una composición serena y simple y utilizando una paleta reducida de tierras, ocres, sienas y verdes y azules agrisados el pintor nos invita a compartir con él sus espacios naturales de intimidad, su hábitat más privado en el que nunca hay nadie porque a él se va para estar solo.
En “Blandura en el atardecer”, por ejemplo, una obra de poético título, la soledad está, si cabe, más acentuada por la presencia del propio casetón o merendero del que penden dos alegres banderitas (dos puntos de color) que testimonian la huella de una voluntad humana. Un casetón sin gente, sin signo alguno de actividad humana en el blando atardecer de una playa solitaria se erige en la soledad edificada.
Podemos interpretar esta visión, y yo diría casi toda la obra paisajística de Sáenz, como la de un testigo solitario de la naturaleza que observa de manera contemplativa la transitoriedad del tiempo y el espacio.
domingo, 10 de abril de 2011
Borges Virgen
"El señor murió virgen". La que fuera mucama del señor Borges se muestra así de lapidaria en una sentencia sin complejos que desnuda a su antiguo amo frente al mundo y sus atribulados lectores. Epifanía Uveda de Robledo, el historiado nombre de la indiscreta ex criada, a pesar de haber llevado cuarenta años al servicio del escritor se ve que no logró impregnarse de su elíptico y decoroso estilo, y en una frase que no tiene vuelta de hoja lo ha instalado en el camerín de los irreparablemente vírgenes, al menos, en el sexo femenino. "Pobrecillo, no tuvo nunca relaciones con ninguna mujer (...) No era algo que le interesara, le tenía pánico". Vale, pero a cambio, y quizá para compensar tamaña apatía, se encerró en una biblioteca, que es otra forma de encerrarse por pasión. Y a fe que supo aprovechar esas miles de horas en compañía de querencias tan productivas como la Cábala, el Aleph, las literaturas germánicas medievales, Walt Whitman, la Biblia, Martín Fierro y algunos selectos traidores y héroes. Sin duda todas ellas compañías menos recomendables que una esposa complaciente, según doña Epifanía. Para ella Borges sólo es "un pobre señor que murió virgen". Y puede que hasta tenga algo de razón en su compasión resentida de fiel sirvienta despedida, para colmo, por una viuda intacta y japonesa de la que apostilla que lo maltrataba y "un día lo empujó en la puerta del ascensor". Ya se sabe que el exceso de roce nos hace perder la perspectiva y hasta el equilibrio.
Sea como fuere, para Epifanía, la indiscreta, Borges era básicamente "un pobrecillo que murió virgen". Y, ahora que lo pienso, el dato empieza a resolverme más de una duda sobre su asexuada literatura y su purísimo estilo. ¡Mira que si la tal Epifanía Uveda de Robledo hubiera hecho con sus chismes una inestimable contribución al corpus crítico borgiano!
spiegel im spiegel
Me gusta Arvo Pärt. No sé si la melodía de esta celebérrima composición (espejo en el espejo, podría traducirse) puede ser calificada de minimalista, serial o atonal pero su austera y transparente sacralidad me conmueve en lo más íntimo.
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